Celibato sacerdotal
UN CAMINO DE SANTIDAD EN LA IGLESIA

S.S. Juan Pablo II :: Catequesis sobre el Credo

Enviar

LA LÓGICA DE LA CONSAGRACIÓN EN EL CELIBATO SACERDOTAL

17 de julio de 1993

475  1. En los Evangelios, cuando Jesús llamó a sus primeros Apóstoles para convertirlos en «pescadores de hombres» (Mt 4,19; Mc1,17; ver Lc 5,10), ellos, «dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11;    ver Mt 4,20.22; Mc 1,18.20). Un día Pedro mismo recordó ese aspecto de la vocación apostólica, diciendo a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27; Mc 10,28; ver Lc 18,28). Jesús, entonces, enumeró todas las renuncias necesarias, «por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29). No se trataba sólo de renunciar a ciertos bienes materiales, como la casa o la hacienda, sino también de separarse de las personas más queridas: «hermanos, hermanas, madre, padre e hijos» -como dicen Mateo y Marcos-, y de «mujer, hermanos, padres o hijos» -como dice Lucas (Lc 18,29)-.

Observamos aquí la diversidad de las vocaciones. Jesús no exigía de todos sus discípulos la renuncia radical a la vida en familia, aunque les exigía a todos el primer lugar en su corazón cuando les decía: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). La exigencia de renuncia efectiva es propia de la vida apostólica o de la vida de consagración especial.

Al ser llamados por Jesús, «Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan», no dejaron sólo la barca en la que estaban «arreglando sus redes», sino también a su padre, con quien se hallaban (Mt 4,22; ver Mc 1, 20).

Esta constatación nos ayuda a comprender mejor el porqué de la legislación eclesiástica acerca del celibato sacerdotal. En efecto, la Iglesia lo ha considerado y sigue considerándolo como parte integrante de la lógica de la consagración sacerdotal y de la consecuente pertenencia total a Cristo, con miras a la actuación consciente de su mandato de vida espiritual y de evangelización.

476  2. De hecho, en el Evangelio de Mateo, poco antes del párrafo sobre la separación de las personas queridas que acabamos de citar, Jesús expresa con fuerte lenguaje semítico otra renuncia exigida por el reino de los cielos, a saber, la renuncia al matrimonio. «Hay eunucos -dice- que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos» (Mt 19,12). Es decir, que se han comprometido con el celibato, para ponerse totalmente al servicio de la «buena nueva del reino» (ver Mt 4,23; 9,35; 24,34).

El Apóstol Pablo afirma en su primera Carta a los Corintios que ha tomado resueltamente ese camino, y muestra con coherencia su decisión, declarando: «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido» (1Cor 7,32-34). Ciertamente, no es conveniente que esté dividido quien ha sido llamado para ocuparse, como sacerdote, de las cosas del Señor. Como dice el Concilio, el compromiso del celibato  derivado de una tradición que se remonta a Cristo, «está en múltiple armonía con el sacerdocio (...). Es, en efecto, signo y estímulo al mismo tiempo de la caridad pastoral y fuente peculiar de fecundidad espiritual en el mundo»[1].

Es verdad que en las Iglesias orientales muchos presbíteros están casados legítimamente según el derecho canónico que les corresponde. Pero también en esas Iglesias los obispos viven el celibato, y así mismo cierto número de sacerdotes. La diferencia de disciplina, vinculada a condiciones de tiempo y lugar valoradas por la Iglesia, se explica por el hecho de que la continencia perfecta, como dice el Concilio, «no se exige, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio»[2]. No pertenece a la esencia del sacerdocio como orden y, por tanto, no se impone en absoluto en todas las Iglesias. Sin embargo, no hay ninguna duda sobre su conveniencia y, más aún, su congruencia con las exigencias del orden sagrado. Forma parte, como se ha dicho, de la lógica de la consagración.

477  3. El ideal concreto de esa condición de vida consagrada es Jesús,   modelo para todos, pero especialmente para los sacerdotes. Vivió célibe y, por ello, pudo dedicar todas sus fuerzas a la predicación del reino de Dios y al servicio de los hombres, con un corazón abierto a la humanidad entera, como fundador de una nueva generación espiritual. Su opción fue verdaderamente «por el reino de los cielos» (ver Mt 19,12).

Jesús, con su ejemplo, daba una orientación, que se ha seguido. Según los Evangelios, parece que los Doce, destinados a ser los primeros en participar de su sacerdocio, renunciaron para seguirlo a vivir en familia. Los Evangelios no hablan jamás de mujeres o  de hijos cuando se refieren a los Doce, aunque nos hacen saber que Pedro, antes de que Jesús lo hubiera llamado, estaba casado       (ver Mt 8,14; Mc 1,30; Lc 4,38).

478  4. Jesús no promulgó una ley, sino que propuso un ideal del celibato para el nuevo sacerdocio que instituía. Ese ideal se ha afirmado cada vez más en la Iglesia. Puede comprenderse que en la primera fase de propagación y de desarrollo del cristianismo un gran número de sacerdotes fueran hombres casados elegidos y ordenados siguiendo la tradición judaica. Sabemos que en las Cartas a Timoteo (1 Tim 3,2-3) y a Tito (Tit 1,6) se pide que, entre las cualidades de los hombres elegidos como presbíteros, figure la de ser buenos padres de familia, casados con una sola mujer (es decir, fieles a su mujer). Es una fase de la Iglesia en vías de organización y, por decirlo así, de experimentación de lo que, como disciplina de los estados de vida, corresponde mejor al ideal y a los consejos que el Señor propuso. Basándose en la experiencia y en la reflexión, la disciplina del celibato ha ido afirmándose paulatinamente, hasta generalizarse en la Iglesia occidental, en virtud de la legislación canónica. No era sólo la consecuencia de un hecho jurídico y disciplinar: era la maduración de una conciencia eclesial sobre la oportunidad del celibato sacerdotal por razones no sólo históricas y prácticas, sino también derivadas de la congruencia, captada cada vez mejor, entre el celibato y las exigencias del sacerdocio.

479  5. El Concilio Vaticano II enuncia los motivos de esa conveniencia íntima del celibato respecto al sacerdocio: «Por la virginidad o celibato guardado por amor del reino de los cielos, se consagran los presbíteros de nueva y excelente manera a Cristo, se unen más fácilmente a Él con corazón indiviso, se entregan más libremente, en Él y por Él, al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino y a la obra de regeneración sobrenatural y se hacen más aptos para recibir más dilatada paternidad en Cristo (...). Y así evocan aquel misterioso connubio, fundado por Dios y que ha de manifestarse plenamente en lo futuro, por el que la Iglesia tiene por único esposo a Cristo. Conviértense, además, en signo vivo de aquel mundo futuro, que se hace ya presente por la fe y la caridad, y en el que los hijos de la resurrección no tomarán ni las mujeres maridos ni los hombres mujeres»[3].

Ésas son razones de noble elevación espiritual, que podemos resumir en los siguientes elementos esenciales: una adhesión más plena a Cristo, amado y servido con un corazón indiviso (ver 1 Cor 7,32-33); una disponibilidad más amplia al servicio del reino de Cristo y a la realización de las propias tareas en la Iglesia; la opción más exclusiva de una fecundidad espiritual (ver 1 Cor 4,15); y la práctica de una vida más semejante a la vida definitiva del más allá y, por consiguiente, más ejemplar para la vida de aquí. Esto vale para todos los tiempos, incluso para el nuestro, como razón y criterio supremo de todo juicio y de toda opción en armonía con la invitación a dejar todo, que Jesús dirigió a sus discípulos y, especialmente, a sus Apóstoles. Por esa razón, el Sínodo de los obispos de 1971 confirmó: «La ley del celibato sacerdotal, vigente en la Iglesia latina, debe ser mantenida íntegramente»[4].

479  Es verdad que hoy la práctica del celibato encuentra obstáculos, a veces incluso graves, en las condiciones subjetivas y objetivas en las que los sacerdotes se hallan. El Sínodo de los obispos las ha examinado, pero ha considerado que también las dificultades actuales son superables, si se promueven «las condiciones aptas, es decir: el incremento de la vida interior mediante la oración la abnegación, la caridad ardiente hacia Dios y hacia el prójimo, y los demás medios de la vida espiritual; el equilibrio humano mediante la ordenada incorporación al campo complejo de las relaciones sociales; el trato fraterno y los contactos con los otros presbíteros y con el obispo, adaptando mejor para ello las estructuras pastorales y también con la ayuda de la comunidad de los fieles»[5].

Es una especie de desafío que la Iglesia lanza a la mentalidad, a las tendencias y a las seducciones de este siglo, con una voluntad cada vez más renovada de coherencia y de fidelidad al ideal evangélico. Para ello, aunque se admite que el Sumo Pontífice puede valorar y disponer lo que hay que hacer en algunos casos, el Sínodo reafirmó que en la Iglesia latina «no se admite ni siquiera en casos particulares, la ordenación presbiteral de hombres casados»[6]. La Iglesia considera que la conciencia de consagración total madurada a lo largo de los siglos sigue teniendo razón de subsistir y de perfeccionarse cada vez más.

Asimismo la Iglesia sabe, y lo recuerda juntamente con el Concilio a los presbíteros y a todos los fieles, que «el don del celibato, tan en armonía con el sacerdocio del Nuevo Testamento, será liberalmente dado por el Padre, con tal que quienes participan del sacerdocio de Cristo por el sacramento del orden, e incluso toda la Iglesia, lo pidan humilde e insistentemente»[7].

Pero quizá, antes, es necesario pedir la gracia de comprender el celibato sacerdotal, que sin duda alguna encierra cierto misterio: el de la exigencia de audacia y de confianza en la fidelidad absoluta a la persona y a la obra redentora de Cristo, con un radicalismo de renuncias que ante los ojos humanos puede parecer desconcertante. Jesús mismo, al sugerirlo, advierte que no todos pueden comprenderlo (ver Mt 19,10-12). ¡Bienaventurados los que reciben la gracia de comprenderlo y siguen fieles por ese camino!

LA CASTIDAD CONSAGRADA

16 de noviembre de 1994

755  1. Entre los consejos evangélicos, según el Concilio Vaticano II, sobresale el precioso don de la «perfecta continencia por el reino de los cielos»: don de la gracia divina, «concedido a algunos por el Padre (ver Mt 19,11; 1 Cor 7,7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que se mantiene más fácilmente indiviso (ver 1 Cor 7,32-34) en la virginidad o en el celibato..., señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo»[8]. Tradicionalmente, se solía hablar de los tres votos -pobreza, castidad y obediencia-,comenzando por la pobreza como desapego de los bienes exteriores, colocados en un nivel inferior con relación a los bienes del cuerpo y a los del alma[9]. El Concilio, por el contrario, habla expresamente de la «castidad consagrada» antes que de los otros dos votos[10], porque la considera el compromiso decisivo para el estado de la vida consagrada. También es el consejo evangélico que manifiesta de forma más evidente el poder de la gracia, que eleva el amor por encima de las inclinaciones naturales del ser humano.

756  2. El Evangelio pone de relieve su grandeza espiritual, porque Jesús mismo dio a entender el valor que atribuía al compromiso del celibato. Según Mateo, Jesús hace el elogio del celibato voluntario inmediatamente después de reafirmar la indisolubilidad del matrimonio. Dado que Jesús prohíbe al marido repudiar a su mujer, los discípulos reaccionan: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Y Jesús responde, dando al «no trae cuenta casarse» un significado más elevado: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de lo, cielos. Quien pueda entender, que entienda» (Mt 19,10-12).

757  3. Al afirmar esta posibilidad de entender un camino nuevo, que era el que seguía Él y sus discípulos, y que tal vez suscitaba la admiración o incluso las críticas del entorno, Jesús usa una imagen que aludía a un hecho muy conocido, la condición de los eunucos.

Éstos podían serlo por una deficiencia de nacimiento, o por una intervención humana; pero añade inmediatamente que había una nueva clase, la suya, es decir, los eunucos por el reino de los cielos. Era una referencia clarísima a la elección realizada por Él y sugerida a sus seguidores más íntimos. Según la ley de Moisés, los eunucos quedaban excluidos del culto (ver Dt 23,2) y del sacerdocio (ver Lev 21,20). Un oráculo del libro de Isaías había anunciado el fin de esta exclusión (ver Is 56,3-5). Jesús abre una perspectiva aún más innovadora: elegir voluntariamente por el reino de los cielos esa situación considerada indigna del hombre. Desde luego, las palabras de Jesús no quieren aludir a una mutilación física, que la Iglesia nunca ha permitido, sino a la libre renuncia a las relaciones sexuales. Como escribí en la exhortación apostólica Redemptionis donun, se trata de una «renuncia -reflejo del misterio del Calvario-, para volver a encontrarse más plenamente en Cristo crucificado y resucitado; renuncia, para reconocer en Él plenamente el misterio de la propia humanidad y confirmarlo en el camino de aquel admirable proceso, del que el mismo Apóstol escribe: "mientras nuestro hombre exterior se corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en día" (2Cor 4,16)»[11].

758  4. Jesús es consciente de los valores a los que renuncian los que viven en el celibato perpetuo: Él mismo los había afirmado poco antes, hablando del matrimonio como de una unión cuyo autor es Dios y que por eso no puede romperse. Comprometerse al celibato significa, ciertamente, renunciar a los bienes propios de la vida matrimonial y de la familia, pero no dejar de apreciarlos en su valor real. La renuncia se realiza con vistas a un bien mayor, a valores más elevados, resumidos en la hermosa expresión evangélica reino de los cielos. La entrega total a este reino justifica y santifica el celibato.

759  5. Jesús atrae la atención hacia el don de luz divina que es innecesario incluso para entender el camino del celibato voluntario. No todos lo pueden entender, en el sentido de que no todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de ponerlo en práctica. Este don de luz y de decisión sólo se concede a algunos. Es un privilegio que se les concede con vistas a un amor mayor. No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos, al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan apreciarlo. Eso significa que hay diversidad de caminos, de carismas, de funciones, como reconocía , San Pablo, el cual hubiera deseado espontáneamente compartir con todos su ideal de vida virginal. En efecto, escribió: «Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual –añadía- tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra» (1 Cor 7,7). Por lo demás, como afirmaba Santo Tomás, «de la variedad de los estados brota la belleza de la Iglesia»[12].

760  6. Al hombre se le pide un acto de voluntad deliberada, consciente del compromiso y del privilegio del celibato consagrado. No se trata de una simple abstención del matrimonio, ni de una observancia no motivada y casi pasiva de las reglas impuestas por la castidad. El acto de renuncia tiene su aspecto positivo en la entrega total al reino, que implica una adhesión absoluta a Dios amado sobre todas las cosas y al servicio de su reino. Por consiguiente, la elección debe ser bien meditada y ha de provenir de una decisión firme y consciente, madurada en lo más íntimo de la persona.

San Pablo enuncia las exigencias y las ventajas de esta entrega al reino: «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido»  b (1 Cor 7,32-34). El Apóstol no quiere pronunciar condenas contra el estado conyugal (ver 1 Tim 4,1-3), ni «tender un lazo» a alguien, como él mismo dice (ver 1 Cor 7,35); pero, con el realismo de una experiencia iluminada por el Espíritu Santo, habla y aconseja -como escribe- «para vuestro provecho..., para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división» (1 Cor7,35).

Es la finalidad de los consejos evangélicos. También el Concilio Vaticano II, fiel a la tradición de los consejos, afirma que la castidad es «medio aptísimo para que los religiosos se consagren fervorosamente al servicio divino y a las obras de apostolado»[13].

761  7. Las críticas al celibato consagrado se han repetido a menudo en la historia, y en varias ocasiones la Iglesia se ha visto obligada a llamar la atención sobre la excelencia del estado religioso bajo este aspecto: basta recordar aquí la declaración del Concilio de Trento[14], recogida por el Papa Pío XII en la encíclica Sacra virginitas por su valor magisterial[15]. Eso no equivale a arrojar una sombra sobre el estado matrimonial. Por el contrario, conviene tener presente lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente»[16].

El Concilio Vaticano II advierte que la aceptación y la observancia del consejo evangélico de la virginidad y del celibato consagrados exige «la debida madurez psicológica y afectiva»[17]. Esta madurez es indispensable.

Por consiguiente, las condiciones para seguir con fidelidad a Cristo en este aspecto son: la confianza en el amor divino y su invocación, estimulada por la conciencia de la debilidad humana; una conducta prudente y humilde; y, sobre todo, una vida de intensa unión con Cristo.

En este último punto, que es la clave de toda la vida consagrada, estriba el secreto de la fidelidad a Cristo como esposo único del alma, única razón de su vida.

LA CASTIDAD CONSAGRADA EN LA UNIÓN NUPCIAL DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

23 de noviembre de 1994

762  1. Los religiosos, según el decreto conciliar Perfectae caritatis, «evocan ante todos los fieles aquel maravilloso connubio, fundado       por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo»[18]. En este connubio se descubre el valor fundamental de la virginidad o celibato con respecto a Dios. Por esta razón, se habla de «castidad consagrada».

La verdad de este connubio se revela a través de numerosas afirmaciones del Nuevo Testamento. Recordemos que ya el Bautista designa a Jesús como el esposo que tiene a la esposa, es decir, el pueblo que acude a su bautismo; mientras que él, Juan, se ve a sí mismo como «el amigo del esposo, el que asiste y le oye», y que «se alegra mucho con la voz del esposo» (Jn 3,29). Esta imagen nupcial ya se usaba en el Antiguo Testamento para indicar la relación íntima entre Dios e Israel: especialmente los profetas, después de Oseas (Os 1,2ss), se sirvieron de ella para exaltar esa relación y recordarla al pueblo, cuando la traicionaba (ver Is 1,21; Jer 2,2; 3,1; 3,6-12; Ez 16; 23). En la segunda parte del libro de Isaías, la restauración de Israel se presenta como la reconciliación de la esposa infiel con el esposo (ver Is 50,1; 54,5-8; 62,4-5). Esta imagen de la religiosidad de Israel aparece también en el Cantar de los cantares y en el Salmo 44[45], cantos nupciales que representan las bodas con el Rey-Mesías, como han sido interpretados por la tradición judía y cristiana.

763  2. En el ambiente de la tradición de su pueblo, Jesús toma esa imagen para decir que Él mismo es el esposo anunciado y esperado: el Esposo-Mesías (ver Mt 9,15; 25,1). Insiste en esta analogía y en esta terminología, también para explicar qué es el reino que ha venido a traer. «El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (Mt 22,2). Parangona a sus discípulos con los compañeros del esposo, que se alegran de su presencia, y que ayunarán cuando se les quite el esposo (ver Mc 2,19-20). También es muy conocida la otra parábola de las diez vírgenes que esperan la venida del esposo para una fiesta de bodas (ver Mt 25,1-13); y, de igual modo, la de los siervos que deben vigilar para acoger a su señor cuando vuelva de las bodas (ver Lc 12,35-38). En este sentido, puede decirse que es significativo también el primer milagro que Jesús realiza en Caná, precisamente durante un banquete de bodas (ver Jn 2,1-11).

Jesús, al definirse a sí mismo con el título de Esposo, expresó el sentido de su entrada en la historia, a la que vino para realizar las bodas de Dios con la humanidad, según el anuncio profético, a fin de establecer la nueva Alianza de Yahveh con su pueblo y derramar un nuevo don de amor divino en el corazón de los hombres, haciéndoles gustar su alegría. Como Esposo, invita a responder a este don de amor: todos están llamados a responder con amor al amor. A algunos pide una respuesta más plena, más fuerte, más radical: la de la virginidad o celibato por el reino de los cielos.

764  3. Es sabido que también San Pablo tomó y desarrolló la imagen de Cristo Esposo, sugerida por el Antiguo Testamento y adoptada por Jesús en su predicación y en la formación de sus discípulos, que constituirán la primera comunidad. Aquienes están casados, el Apóstol les recomienda que consideren el ejemplo de las bodas mesiánicas: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia» (Ef 5,25). Pero también fuera de esta aplicación especial al matrimonio, considera la vida cristiana en la perspectiva de una unión esponsal con Cristo: «Os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2Cor 11,2).

Pablo deseaba hacer esta presentación de Cristo-Esposo a todos los creyentes. Pero no cabe duda de que la imagen paulina de la virgen casta tiene su aplicación más plena y su significado más profundo en la castidad consagrada. El modelo más espléndido de esta realización es la Virgen María, que acogió en sí lo mejor de la tradición esponsalicia de su pueblo, y no se limitó a la conciencia de su pertenencia especial a Dios en el plano socio-religioso, sino que llevó la idea del carácter nupcial de Israel hasta la entrega total de su alma y de su cuerpo por el reino de los cielos, en su forma sublime de castidad elegida conscientemente. Por esta razón, el Concilio puede afirmar que la vida consagrada en la Iglesia se realiza en profunda sintonía con la bienaventurada Virgen María[19], a quien el magisterio de la Iglesia presenta como «la más plenamente consagrada»[20].

765  4. En el mundo cristiano una nueva luz brotó de la palabra de Cristo y de la oblación ejemplar de María, que las primeras comunidades conocieron muy pronto. La referencia a la unión nupcial de Cristo y de la Iglesia confiere al mismo matrimonio su dignidad más alta. En particular, el sacramento del matrimonio hace entrar a los esposos en el misterio de unión de Cristo y de la Iglesia. Pero la profesión de virginidad o celibato hace participar a los consagrados, de una manera más directa, en el misterio de esas bodas.

Mientras que el amor conyugal va a Cristo-Esposo mediante una unión humana, el amor virginal va directamente a la persona de Cristo a través de una unión inmediata con Él, sin intermediarios: un matrimonio espiritual verdaderamente completo y decisivo. Así, en la persona de quienes profesan y viven la castidad consagrada la Iglesia realiza plenamente su unión de Esposa con Cristo-Esposo. Por eso, se debe decir que la vida virginal se encuentra en el corazón de la Iglesia.

766     5. También en la línea de la concepción evangélica y cristiana, se debe añadir que esa unión inmediata con el Esposo constituye una anticipación de la vida celestial, que se caracterizará por una visión o una posesión de Dios sin intermediarios. Como dice el Concilio Vaticano II, la castidad consagrada «evoca (...) aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro»[21]. En la Iglesia el estado de virginidad o

celibato reviste, pues, un significado escatológico, como anuncio especialmente expresivo de la posesión de Cristo como único Esposo, que se realizará plenamente en el más allá. En este sentido pueden leerse las palabras que Jesús pronunció sobre el estado de vida propio de los elegidos después de la resurrección de los cuerpos: «Ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (resucitados)» (Lc 20,35-36). La condición de la castidad consagrada, aunque entre las oscuridades y dificultades de la vida terrena, anuncia la unión con Dios, en Cristo, que los elegidos tendrán en la felicidad celestial, cuando la espiritualización del Hombre resucitado sea perfecta.

767  6. Si se considera esa meta de la unión celestial con Cristo-Esposo, se comprende la profunda felicidad de la vida consagrada. San Pablo alude a esa felicidad, cuando dice que quien no está casado se preocupa completamente de las cosas del Señor y no está dividido entre el mundo y el Señor (ver 1 Cor 7,32-35). Pero se trata de una felicidad que no excluye y no dispensa en absoluto del sacrificio, puesto que el celibato consagrado implica siempre renuncias, a través de las cuales llama a conformarse cada vez más con Cristo crucificado. San Pablo recuerda expresamente que en su amor de Esposo, Jesucristo ofreció su sacrificio por la santidad de la Iglesia (ver Ef 5,25). A la luz de la cruz comprendemos que toda unión con Cristo-Esposo es un compromiso de amor con el Crucificado, de modo que quienes profesan la castidad consagrada saben que están destinados a una participación más profunda en el sacrificio de Cristo para la redención del mundo[22].

768  7. El carácter permanente de la unión nupcial de Cristo y de la Iglesia se expresa en el valor definitivo de la profesión de la castidad consagrada en la vida religiosa: «La consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia»[23]. La indisolubilidad de la alianza de la Iglesia con Cristo-Esposo, participada en el compromiso de la entrega de sí a Cristo en la vida virginal, funda el valor permanente de la profesión perpetua. Se puede decir que es una entrega absoluta a aquel que es el Absoluto.

Lo da a entender Jesús mismo cuando dice que «nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios» (Lc 9,62). La permanencia, la fidelidad al compromiso de la vida religiosa se iluminan a la luz de esta parábola evangélica.

Con el testimonio de su fidelidad a Cristo, los consagrados sostienen la fidelidad de los mismos esposos en el matrimonio. La tarea de brindar este apoyo está incluida en la declaración de Jesús sobre quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos (ver Mt 19,10-12): con ella el Maestro quiere mostrar que no es imposible observar la indisolubilidad del matrimonio -que acaba de anunciar-, como insinuaban sus discípulos, porque hay personas que, con la ayuda de la gracia, viven fuera del matrimonio en una continencia perfecta.

Por tanto, puede verse que el celibato consagrado y el matrimonio, lejos de oponerse entre sí, están unidos en el designio divino. Juntos están destinados a manifestar mejor la unión de Cristo y de la Iglesia.

Juan Pablo II. El Credo. Tomo IV, 1-2: La Iglesia. Lima; VE 2001, 1era edición. TOMO I: Tercera parte, Cuarta sección, Capítulo tercero, nn. 475-480 (“La lógica de la consagración en el celibato sacerdotal”, pp. 384-389). Tomo II: Tercera parte, Cuarta sección, Capítulo sexto, nn. 755-761 (“La castidad consagrada”, pp. 171-175) y nn. 762-768 (“La castidad consagrada en la unión nupcial de Cristo y de la Iglesia”, pp. 176-181).


Notas

[1] Presbyterorum ordinis, 16.

[2] Lug. cit.

[3] Lug. cit. Ver Pastores Babo vobis, 29; 50; Catecismo de !a Iglesia Católica, 1579.

[4] Sínodo de los obispos de 1971, El sacerdocio ministerial, 30/11/1971, 11,1,4.

[5] Lug. cit.

[6] Lug. cit.

[7] Presbyterorum ordinis, 16.

[8] Lumen gentium, 42.

[9] Ver S. T., II-II, q. 186, a. 3.

[10] Ver Lumen gentiun, 43; Perfectae caritatis, 12, 13 y 14.

[11] Redemptionis donum, 10.

[12] S.T., II-II, q. 184, a.4.

[13] Perfertae caritatis, 12.

[14] Ver DS, 1810.

[15] Ver Pio XII, Sacra virginitas: AAS 46 (1954), p. 174.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica, 1620; ver Redentionis donun, 11.

[17] Perfectate Caritatis,12.

[18] Perfectate Caritatis,12.

[19] Ver Lumen gentium, 41.

[20] Ver Redemptionis donum, 17.

[21] Perfectae caritatis, 12.

[22] Ver Redemptionis donum, 8 y 11.

[23] Lumen gentium, 44.

VE Multimedios | Biblioteca | Iglesia.info | Tienda Virtual | E-learning | Programas | Trimilenio
© Copyright VE Multimedios™. Todos los Derechos Reservados.