Celibato sacerdotal
UN CAMINO DE SANTIDAD EN LA IGLESIA

Sínodo de los Obispos de 1971. Estudio introductorio

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S. E. Josef Card. Tomko

En la vida de la Iglesia, un poco como en la historia de la humanidad y de su civilización, hay "avances y retrocesos" (G.B. Vico) en ciertos asuntos dudosos. Hoy, bajo el impulso de cambios sociales precipitados y de diversas presiones, estos reflujos de "temas ardientes son quizá más frecuentes.

Gracias a la clarividencia de Pablo VI que ha superado hasta las expectativas de los Padres del Concilio Vaticano II , la Iglesia tiene hoy un organismo vivo que expresa, califica y anima su vida: el Sínodo de los Obispos. Esta es la sede apropiada en la cual periódicamente se tratan argumentos de gran interés y actualidad, de carácter pastoral pero con fondo doctrinal.

La asamblea sinodal, en la cual participan los representantes de las Iglesias particulares y el episcopado católico, y el procedimiento sinodal total -que incluye además la fase preparatoria con la consulta en la "periferia" y la fase ejecutiva de aplicación de las conclusiones aprobadas por el Papa en las Iglesias particulares- se asemejan a la actividad y a las funciones del corazón en el organismo vivo. Así como el corazón recoge la sangre extenuada de los miembros, la regenera y oxigena en el centro y renovada la arroja de nuevo con impulso vivificador a la "periferia", así sucede también en el Sínodo.

El Sínodo de los obispos es la sede apropiada para tratar los problemas de aliento universal y de impacto en las comunidades locales, porque mantiene el vínculo y el equilibrio entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares. Con sus connotaciones de universalidad, de agilidad y de actualidad, el Sínodo realiza verdaderamente aquello que significa: "Syn-odos", caminar juntos, obispo con obispo y con el Papa. Se trata de comunión, de colegialidad afectiva y efectiva, por lo que Juan Pablo II lo ha definido "una expresión particularmente provechosa y el instrumento validísimo de la colegialidad episcopal".

Por medio de las asambleas sinodales generales que se repiten con una frecuencia de cada tres años, los pastores de las Iglesias esparcidas en el mundo entero pueden ponerse al día sobre las cuestiones más urgentes y actuales. Como ha dicho además Juan Pablo II, los Sínodos hoy destacan el ritmo de la vida pastoral de la Iglesia universal.

Así ha sucedido con el sacerdocio y con el celibato: en plena tempestad de la "crisis de identidad sacerdotal, la Iglesia ha tenido el valor de afrontarla, discutirla a la luz del sol y con plena libertad en la asamblea general del Sínodo de los obispos de 1971, sin defenderse de la campaña organizada e interesada de varios grupos de presión, llegando a las conclusiones votadas y aceptadas después por el Sumo Pontífice. La documentación que después fue sintéticamente expuesta y analizada contiene todo una mina de argumentos, reflexiones, experiencias, discusiones de cada ángulo de la Iglesia. Es una lástima que tal riqueza no haya sido re-elaborada seguidamente en un documento post-sinodal, como se ha hecho habitual a partir del Sínodo de 1974. Pero la lectura de la sintética Relatio circa labores peractos in secundo generali coetu Synodi episcoporum y del volumen del fiel cronista del Vaticano II y de muchos sínodos, el P. Caprile, sj, recientemente desaparecido y muy especialmente de todo el material original total nos permite llevar a la luz estos tesoros eclesiales.

Valores en crisis

Como se sabe, la Asamblea general de 1971 era la segunda que se celebraba y denota aún una búsqueda de metodología. Después de la primera experiencia vivida en 1967 con la discusión de unos cincuenta temas y después de la Asamblea especial de 1969, más breve y menos numerosa, los temas a discutir fueron reducidos a dos y la duración de la asamblea fijada al período del 30 de setiembre al 6 de noviembre de 1971. El primer tema De sacerdotio ministeriali tuvo a los padres sinodales ocupados hasta el 20 de octubre y algo más con los últimos días dedicados a las votaciones finales. El otro tema fue De iustitia in mundo.

La introducción al debate sobre el sacerdocio ministerial ha sido hecha a partir de una relación doctrinal, presentada por el cardenal J. Höffner, arzobispo de Colonia, y. de otra "sobre cuestiones prácticas", leída por el cardenal Enrique y Tarancón, arzobispo de Toledo. La cuestión del celibato se encuentra en el amplio contexto de tales problemas prácticos, recogidos bajo varios títulos: naturaleza y misión específica del ministerio sacerdotal; acción pastoral de conjunto en la Iglesia; vida espiritual de los pastores; sacerdocio y celibato; retribución económica de los sacerdotes; la preparación actualmente exigida de los sacerdotes. Si por un lado los medios masivos de comunicación han presentado el celibato como la cuestión principal de aquel Sínodo, ésta ubicación dentro de la problemática global, doctrinal y práctica del sacerdocio ministerial, da razón a la afirmación introductoria del card. Enrique y Tarancón, de que no se trata de un problema central y tan amplio como algunas veces parece se quisiera hacer parecer.

Muchos obispos han denunciado fuertes presiones que han sufrido de parte de algunos teólogos, así como de grupos de presbíteros y de la prensa escrita en favor del cambio de la disciplina. Se estaba pues todavía en plena crisis doctrinal más que disciplinar. El efecto más pernicioso puesto en evidencia por muchos obispos era la atmósfera de duda que debilitaba la resistencia hasta de los buenos sacerdotes: ¿se conservará el celibato todavía como obligatorio? La visión tradicional del sacerdocio era sacudida; la distinción entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común negada; el significado de holocausto de la eucaristía y en consecuencia el soporte del sacerdocio disminuido o rechazado; la misión sacerdotal desviada de la así llamada "sacramentalización", hacia la promoción del hombre (liberación, desarrollo etc.) y hacia la actividad profana, especialmente hacia el compromiso político, por el cual se admitía con esmero la hipótesis del sacerdote a tiempo limitado contra el tradicional sacerdote a tiempo completo.

El mundo secularizado ha creado en torno al presbítero una atmósfera cambiada, no sólo insensible sino hasta adversa al testimonio del presbítero célibe. Mons. P. Schmitt, obispo de Metz, ha señalado algunas novedades en el contexto moderno: la reevaluación de la sexualidad, la complementariedad de los sexos, la exaltación de la libertad personal contra toda imposición por medio de la ley, la intolerancia hacia un compromiso definitivo, el menor apoyo de los fieles al presbítero célibe, la espiritualidad de los esposos. El prelado ha mostrado, empero, que justamente ese nuevo contexto hacía resaltar el valor y la exigencia del celibato sacerdotal como elección libre que puede llegar hasta el compromiso por la vida, como amor verdaderamente profundo y como signo de la eterna actualidad de Dios.

En medio de tantas incertidumbres diseminadas y confusiones creadas alrededor de los valores, los pastores reunidos en el Sínodo se han encontrado no sólo unánimes al reafirmar el valor del celibato por el reino, sino se han unido en una mayoría compacta que roza la unanimidad también en la defensa de la disciplina vigente en la Iglesia latina, como forma adecuada para ejercer el ministerio sacerdotal para la edificación del reino. Las declaraciones en el aula, hechas individualmente por los obispos en nombre de las Conferencias episcopales o a nombre propio, son casi unánimes y señalan una clara convicción y voluntad de los padres. Pero en la votación final toda la materia sobre el sacerdocio ministerial ha sido sintetizada en cinco partes, votada cada una sin posibilidad de precisiones ulteriores, por lo cual también la cuarta votación sobre la amplia y compleja cuestión del celibato no revela los puntos precisos en los cuales 22 padres (11 por ciento) estaban en desacuerdo y se han abstenido, mientras 169 (85 por ciento) estaban de acuerdo. De las declaraciones en el aula el porcentaje de los conformes a la disciplina actual resulta de todas maneras todavía la más alta.

Nexo entre el sacerdocio y el celibato

El núcleo de toda la cuestión del celibato se concentraba sobre un punto, a saber, sobre el vínculo entre el sacerdocio ministerial y el celibato. En la Iglesia latina tal nexo se ha hecho muy estrecho por voluntad de la misma Iglesia y ha asumido en el curso de la historia la forma de una ley por la cual todo presbítero de la Iglesia debe observarlo y ninguno puede ser admitido a la ordenación presbiteral si no asume tal obligación; vínculo "obligatorio" por consiguiente, por "ley" positiva de la Iglesia y por eso reformable, mientras que en muchas Iglesias orientales, unidas u ortodoxas, existe el "celibato facultativo" y por eso "opcional". De aquí la facilidad de contraponer la "ley" al "carisma", la "obligación" a la "libre elección", la "necesidad", a la "opción", con todos los equívocos que esconde tal contraposición.

Los padres sinodales, entre los cuales habían varios orientales, han aclarado, sin forzarlo, el nexo existente entre el sacerdocio ministerial y el celibato. El término "conveniencia" es la cualidad de este nexo que se repite varias veces en sus intervenciones.

Ya la relación introductoria ha usado un acercamiento gradual y prudente a la problemática. Partiendo de la posibilidad y de la validez del celibato mostraba la libre disponibilidad del ministro como exigencia intrínseca del ministerio sacerdotal. Caprile resume así esta parte de la descripción: "a) El celibato, como ninguno duda, es una forma de vida lícita y válida que se puede realizar humanamente y cristianamente. El amor que lo motiva penetra todos los aspectos de la vida de un hombre. b) El ministerio sacerdotal lleva consigo una tendencia a mantenerse siempre en una disponibilidad especial en la confrontación de sus exigencias, al servicio de los hombres y de la Iglesia".

Afirmar que el celibato es posible vivirlo humanamente y cristianamente puede parecer algo que se da por descontado, no obstante se niega en tantas objeciones que se escuchan, en relación al mundo moderno, a las culturas y a los climas. El obispo de Koupéla (Burkina Faso) censuraba "una especie de cruzada para liberar a los presbíteros de los vínculos del celibato, los que serían inadmisibles, injustos e inhumanos".

También el equívoco acerca de que la libertad de elección sería clara en el celibato "opcional" pero no en el "obligatorio" -objeción de la que se hizo portavoz, por ejemplo, un obispo de las Antillas- quedó desvanecida en las discusiones. También en la hipótesis de la "ley", esta libertad subsiste, puesto que la libertad y la elección del sujeto-candidato, más bien es exigida como conditio sine qua non; por eso es falso hablar de la ley del celibato como de una constricción. En ausencia de tal libertad el obispo no admite a la ordenación.

De otra parte todos los padres, sin excepción alguna, estaban de acuerdo que el vínculo no es de necesidad imperiosa; tan cierto es esto que existen las Iglesias de rito oriental que por tradición antigua tienen el celibato facultativo, con plena autorización de la Santa Sede.
El vínculo del celibato con el sacerdocio es sin embargo "de gran conveniencia". Al sacerdote, siervo y ministro de Cristo Sacerdote, el hombre de Dios y el hombre de lo sagrado, le conviene íntimamente seguir el ejemplo del Maestro en la plena y total dedicación y consagración a Dios y al servicio de la Iglesia y de los hombres. Y eso no por razones de "pureza ritual" o de sola obediencia legal (card. Enrique y Tarancón). Esta convicción es comúnmente repetida en varias formas en el aula sinodal.

Los padres insisten en que el celibato es una "ley" pero también es don de Dios, "carisma", "exigencia". El arzobispo de Marsella, mons. Etchegaray, en nombre del grupo de lengua francesa formula de la siguiente manera aquella convicción: "Este primer vínculo, a pesar de no afirmar la necesidad, expresa algo más que la pura conveniencia: expresa la coherencia existencia".

Los padres se detienen largamente a ilustrar los motivos de esta conveniencia.

Motivos del celibato sacerdotal

Pueden clasificarse en tres categorías: teológicos, pastorales y prácticos, sin que sean demasiado fijas las fronteras entre estos sectores.

Entre los argumentos teológicos surgen aquellos que se inspiran en el vínculo del sacerdote y del sacerdocio con la persona de Jesucristo. Sequela Christi, configuratio Christo, sacerdotium Christi son expresiones que manifiestan mejor el filón cristológico de los padres. "La más profunda motivación del celibato presbiteral -afirma un obispo- reside en la sequela Christi, entendida según el radicalismo del Evangelio. Jesús ha pedido a sus Apóstoles "dejarlo todo por la misión. La vida apostólica implica la exigencia de sacrificar todo por el reino. El Espíritu Santo ha hecho que la Iglesia tome conciencia progresivamente del vínculo existencial entre el "discipulado", estado al cual el presbítero debe adherirse, y el celibato consagrado (mons. Schmitt).

Acentos similares resuenan en las intervenciones de los cardenales Wyszynsky, Begsch, Poma, de mons. Heston, Wojtyla, Kuharic, Ruini y muchos otros.

El filón de los argumentos eclesiológicos resalta que el celibato es signo de credibilidad de la Iglesia y de su predicación, que hace al sacerdote libre y plenamente disponible al servicio de la Iglesia; que la Iglesia tiene el derecho de escoger como ministros sólo a aquellos que con el carisma del sacerdocio han recibido también el del celibato.

El argumento escatológico se basa en el valor del celibato, como testimonio de los valores trascendentales y de la presencia personal de Dios amor, al cual el hombre es capaz de responder con amor personal radical.

Motivos pastorales muestran cuán benéfico es el celibato para el pueblo de Dios y para el mundo, sobre todo en el momento de la actual crisis de los valores. El testimonio del radicalismo evangélico es un servicio continuo a la humanidad.

Entre las motivaciones prácticas hay que incluir la mayor disponibilidad y movilidad del clero célibe, el servicio misionero, argumentos de orden psicológico y sociológico, como radicalismo y un cierto heroísmo que atraen a los jóvenes y muestran hasta dónde puede llegar la libertad de los hijos de Dios y hasta qué profundidad de amor se puede inducir al corazón humano. Algunos padres, además, han demostrado con hechos y cifras que la introducción del clero casado resolvería poco o nada el problema de la escasez de los sacerdotes y de las vocaciones, ni tampoco sería una solución a la crisis moral de ciertas regiones del mundo.

Como verdaderos pastores, muchos obispos no han hecho largos análisis teológicos, sino han indicado inmediatamente los distintos medios para mantener la fidelidad al celibato.

Medios para vivir el celibato

La experiencia común de millares de sacerdotes es que el celibato es difícil porque el instinto sexual ejercita sus pulsiones también en la persona consagrada, pero es posible y se hace en cierto sentido fácil y gozoso si se vive en profundidad y si el sacerdote usa medios apropiados para mantenerse fiel. La lista de los obispos que han hablado en ese sentido sería larguísima; he aquí los nombres de algunos: Kuharic, Ruini, Marton, Jenko.

El círculo italiano ha sido quizá el más amplio en analizar los diversos medios. Fundamentalmente es la formación a la castidad la que debe ser la meta de toda la pastoral, en particular la juvenil. Ella debe ser más tarde particularmente cuidada en la formación específica de los sacerdotes. A los candidatos se les pide una verificación seria y prolongada de su capacidad de vivir el celibato, antes de ser admitidos a las órdenes. La importancia de los seminarios y de buenos rectores y directores espirituales es inmensa. Para la verificación previa de las actitudes se puede recurrir también a la ayuda de psicólogos.

El amor indiviso a Dios y a su reino entre los hombres puede ser mantenido sólo a través de la oración y la ascesis. Sólo el compromiso pleno en el seguimiento de Cristo y la dedicación apostólica al propio ministerio pueden dar sentido, vigor y gozo al celibato. La unión íntima con Cristo crucificado y resucitado es el secreto del éxito del presbítero. La dirección espiritual, el sacramento de la penitencia y la vida comunitaria son de gran ayuda en la práctica del celibato.

El peligro para el presbítero es la soledad psicológica, ya sea interior o exterior. Algunos padres han insistido en la fraternidad sacerdotal del presbiterio diocesano, en la amistad entre los presbíteros y en las relaciones personales del obispo con sus sacerdotes. Así será posible intuir y prevenir las dificultades, que es el camino más eficaz para superarlas. Detrás de estas propuestas que pueden parecer sólo fórmulas se esconden realidades preciosas e importantes para el sacerdote. En este contexto se vuelve a pensar en las ventajas de la vida comunitaria. Un obispo (mons. Jenko) hasta ha propuesto que se funde un instituto secular para personas que pudieran ayudar al sacerdote obligado a la vida solitaria en la conducción de la casa y eventualmente en el apostolado.

Algunos obispos han hablado también de la formación permanente la que ha sido retomada posteriormente con . fuerza en el Sínodo de 1990 y es la materia del sexto capítulo de la Exhortación Apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis de Juan Pablo II. Y es señal de un compromiso ardiente que los padres, en medio de una problemática tan amplia, no han olvidado la invitación de Pablo a Timoteo: "Por eso te invito a que reavives el don de Dios que está en ti" (2 Tm 1,6).

La ordenación de los hombres casados

Mientras la decisión de mantener la "ley" del celibato en la Iglesia latina (algunos han usado las comillas para indicar que se trata de algo más que de una simple ley) era casi unánime entre los padres del Sínodo, las posiciones sobre la oportunidad de admitir a la ordenación sacerdotal a hombres ya casados, que algunos llamaban viri probati, eran un tanto diversas.

La hipótesis era muy prudente: se proponía o admitía como excepción sobre todo para obviar la carencia de clero, limitada a algunas regiones, bajo ciertas condiciones, casi siempre en nombre de sólo una parte de la respectiva Conferencia, salvo algún caso raro de unanimidad. Algunos ejemplos de países que sufren por la falta de sacerdotes pueden hacer intuir la preocupación pastoral de los respectivos obispos, más o menos favorables: Antillas, Bolivia, Chile, Indonesia, Nicaragua, Perú etc. La minoría de algunos episcopados lo admitiría si fuese estrictamente necesario pero por otras razones (Australia, España).

La propuesta encontró una fuerte oposición. Muchos la han visto tan sólo como un primer paso hacia la supresión del celibato y han observado que "no hay una solución local que pronto no se convierta en universal" (card. Bengsch y Nsubuga, mons. Conway). Otros han refutado los argumentos adoptados a favor:

1° no resolvería el problema de las vocaciones: Henríquez Jimenez (Venezuela);

2° la experiencia de las Iglesias ortodoxas y protestantes que tienen clero casado así lo demuestra (Höffner, Wyszynsky);

3° daría lugar a dos categorías de sacerdotes: Henríquez Jiménez (pero está en contra Ndayen, África Central); la de los casados sería de segunda categoría: Nunes (Angola) y otros;

4° traería problemas sociales para mantener las familias: Wyszynsky (Polonia), Aggey (Nigeria);

5° el sacerdote casado difícilmente tiene el empuje misionero: Kuharic (Croacia);

6° conviene experimentar primero el diaconado permanente: algunos franceses;

7° es necesario considerar la calidad y no la cantidad de los sacerdotes: Araujo Sales (Brasil), D'Almeida Trinidade (Portugal) etc.

Mons. Aloisio Lorscheider ha examinado uno por uno los motivos pastorales adoptados para inculcar la necesidad de ordenar hombres casados y ha afirmado que ellos no son válidos, no resisten la crítica:

a) derecho a la celebración de la eucaristía: no se ha dicho cuantas veces; la Iglesia obliga, si es posible, sólo una vez al año; siendo la eucaristía el ápice de la evangelización, no se debería admitir a ella una comunidad insuficientemente evangelizada;

b) remisión de los pecados: en ausencia de sacerdotes se puede obtener también con el acto de contrición;

c) apostolado especializado: puede ser proporcionado por catequistas, diáconos, laicos bien preparados.

Por lo tanto: "Hasta el momento no ha sido aducido ningún argumento suficiente para demostrar la necesidad de ordenar hombres casados", mientras se puede acudir a las urgencias mediante la diversificación de los ministerios inferiores, especialmente de los diáconos.

Será bueno detenerse en este contexto en la situación de las Iglesias orientales, varias veces invocada o mencionada en las discusiones. De un lado, la tradición oriental que admite a la ordenación también a los hombres ya casados (pero no permite casarse a aquellos ordenados célibes ni volverse a casar a los viudos) ha ayudado a los padres a no exagerar con afirmaciones de un nexo necesario entre el sacerdocio y el celibato. De otro lado, algunos padres orientales no han dudado en animar a los hermanos en el sacerdocio latino a mantener intacta la ley del celibato.

El patriarca copto Stephanos I Sidarous ha referido que en Oriente el celibato es muy estimado también entre los no cristianos; entre los católicos orientales los sacerdotes casados serían una insignificante minoría, menos instruidos y sin cargos importantes y se vería mal a un hombre casado hacerse sacerdote de rito latino. El card. Parecattil, metropolita de Ernakulam de los Malabares, ha informado que en su Iglesia, no obstante ser de rito oriental, se aplicaba la ley del celibato. El patriarca Hayek de Antioquía de los Sirios, ha reconocido, al igual que la Iglesia latina, no la superioridad del sacerdocio célibe sobre el casado, porque allí hay un solo sacerdocio, pero sí del celibato libremente elegido respecto al matrimonio. El patriarca latino de Jerusalén, Beltritti, ha citado a un eminente prelado de la Iglesia greco-ortodoxa que ha elogiado al Concilio Vaticano II por haber mantenido la ley del celibato. Y el búlgaro mons. Stratiew ha citado al patriarca ortodoxo Cirilo: "Nosotros somos célibes y preferimos un clero célibe a pesar de tener sacerdotes casados. En los tiempos que atravesamos no se necesitaba ni siquiera esta pregunta en la Iglesia católica. Dígaselo al Papa: que conserve el celibato".

Cuáles serían los problemas concretos que traería la introducción del clero casado, lo han ilustrado dos prelados que han tenido la experiencia directa. El card. Wyszynsky, siendo también ordinario para los fieles de los ritos orientales y conociendo también la situación del clero ortodoxo, ha mostrado aspectos muy problemáticos de sacerdotes casados: preocupaciones por la familia (estudios de los hijos, gastos) que les obligan a buscar los medios, dificultad o imposibilidad de traslados, parroquias casi vitalicias y hasta hereditarias, nivel con frecuencia inferior y necesidad de proteger a viudas eventuales y huérfanos. ¿Y cómo podrían servir estos hombres casados para las misiones? Mons. Kuharic ha afirmado también que el matrimonio de los sacerdotes no favorece el espíritu misionero ni el dinamismo apostólico.

La ordenación de los hombres casados, en cuanto está limitada a regiones carentes de clero y a casos excepcionales de gran necesidad, ha sido juzgada, por consiguiente, por los padres con mucha prudencia. Algunos han propuesto varios remedios a la escasez del clero, otros han resaltado las graves repercusiones y los peligros de esta eventual y nueva disciplina, otros todavía la excluyen, al menos por el momento y un denso grupo ha estado decididamente opuesto. Esta variedad de posiciones más o menos matizada ha creado dificultades en la votación final o mejor en la formulación de las interrogaciones.

La propuesta de dejar la cuestión a la decisión de las Conferencias Episcopales no recogió sufragios porque permaneció casi sin apoyo. Para el resto, después de los debates, se llegó a proponer dos fórmulas alternativas que podían recoger varias tendencias: una que excluía la ordenación presbiteral de hombres casados también en casos particulares (A), la otra que reservaba al Papa tal decisión en casos particulares (B). He aquí las dos propuestas con sus votaciones relativas:

A: "Poniendo siempre a salvo el derecho del Sumo pontífice, la ordenación presbiteral de los hombres casados no es admitida ni siquiera en casos particulares": placet 107.

B: "Corresponde sólo al Sumo Pontífice, en casos particulares, conceder por necesidades pastorales, attento bono universalis Ecclesiae, la ordenación presbiteral de hombres casados, de edad madura y de comprobada probidad: placet 87.

Hubo además tíos abstenciones y dos votos nulos.

Como se ve ya desde la misma formulación de ambas proposiciones, también la minoría, más abierta a la posibilidad de la ordenación de hombres casados, se limita a una afirmación que reserva la competencia sólo al Papa, pero no llega ni siquiera a recomendar tal posibilidad y, de otra parte, excluye la competencia de los Conferencias Episcopales individuales y subraya el aspecto del bien de la Iglesia universal. Signos claros de gran cautela, tanto más si se considera la voluntad prácticamente unánime de la asamblea sinodal (y por consiguiente del episcopado católico allí representado) de mantener la "ley del celibato".

Contribución de las Iglesias jóvenes

Los grupos de presión recurren con frecuencia al argumento de la "inculturación" del Evangelio que encontraría dificultad por no decir imposibilidad de vivir el celibato en ciertas culturas para las cuales el matrimonio, la familia, la fecundidad son grandes valores.

Ahora bien, es interesante seguir la actitud de los padres sinodales autóctonos provenientes de las Iglesias más jóvenes, como aquéllos del África y del Asia. Es siempre mejor escucharlos directamente y no a través de la interpretación interesada y parcial de los otros.

Su defensa de la ley del celibato, se puede decir de inmediato, ha sido vigorosa en general. En esa línea ha comenzado a hablar el card. Thiandoum (Senegal) que se ha referido al Concilio Vaticano II y a la Encíclica de Pablo VI Sacerdotalis coelibatus, agregando inmediatamente que no se puede decir, para el África, que el celibato como signo sea poco comprensible. El card. Zoungrana ha declarado, en nombre de unas treinta Conferencias Episcopales, con la excepción quizá de una, miembros del SECAM, la oposición al celibato opcional. Mons. Yougbaré (Alto Volta, hoy Burkina Faso) ha sido particularmente eficaz en la argumentación. Al África llegan los ecos de la campaña para "liberar" a los sacerdotes del celibato, mientras hay tantas otras "liberaciones" que alcanzar: de la miseria, de la enfermedad, etc. Será una locura a los ojos de quien no comprende la cruz, pero los riesgos del celibato no son mayores que aquellos del matrimonio. Las defecciones no indican sin más que el camino se ha equivocado. Mons. Agré (Costa de Marfil) se ha referido a la imagen muy africana del sacerdote como homme du sacré. El obispo nigeriano mons. Aggey ha afirmado que en su país la opinión pública general está sólidamente a favor del celibato, no se quieren importar crisis y soluciones del exterior. La presente disciplina debe permanecer intacta, sea por motivos doctrinales, sea por las consecuencias negativas que derivarían del cambio por el relajamiento de la vida religiosa, tanto más en cuanto que el rechazo del sacrificio en el celibato llevaría fácilmente también hacia las desviaciones en la vida matrimonial. También mons. Tsiahoana respondió a la postura contraria sea de la Conferencia como de la población de Madagascar a la hipótesis de ordenar hombres ya casados. Y el obispo Makaridza de Rwanda-Burundi ha invitado al clero extranjero a respetar el parecer del clero autóctono, en fuerte proporción contrario a la ordenación de hombres casados.

También es fuerte la reacción del episcopado del Togo, manifestada por boca de mons. Oguki-Atakpah, contra las dos hipótesis propuestas al Sínodo: aquella de la actividad no ministerial y aquella de la ordenación de hombres casados, reacciones de inquietud frente a estas señales de crisis en algunas partes del mundo. El obispo togolés ha planteado algunas cuestiones: ¿No se busca quizá la novedad por sí misma? ¿No se gira demasiado en torno a la sexualidad, con el pretexto de la grandeza del matrimonio? ¿No se tiende hacia la disociación entre el sacerdocio y celibato y, por lo tanto, hacia el matrimonio generalizado de los sacerdotes? La innovación propuesta crearía un clero de segundo orden, las comunidades católicas no están preparadas para ello, mientras por el contrario aprecian mucho el vínculo entre celibato y eucaristía. La ley del celibato, si bien de naturaleza disciplinar, reviste una importancia vital para la Iglesia; su atenuación, aunque se limite a algunas excepciones, no garantiza las ventajas que se querría obtener y provocaría en cambio un decaimiento de la calidad, de la eficiencia y del prestigio del sacerdote. En este coro de voces africanas, sin embargo, el representante de la República Centro-africana, quizá bajo la impresión de un caso sacerdotal bastante doloroso en aquel país, ha querido discordar afirmando que, no obstante algunos elementos comunes, los países africanos son muy diversos entre sí y se ha mostrado dispuesto a transacciones para la ordenación de hombres casados, especialmente en las regiones en las cuales la fecundidad en el matrimonio constituye una verdadera filosofía de vida práctica.

El episcopado del Asia, salvo algunas excepciones, se ha declarado decididamente en favor de la disciplina vigente. El cardenal Cooray de Ceylán (hoy Sri Lanka) ha apelado a la cultura oriental en la cual el celibato, gracias por ejemplo al budismo, está profundamente enraizado y el pueblo no lograría jamás comprender cómo los sacerdotes, hombres de Dios, puedan estar casados. Las intenciones del Sínodo no son las de cambiar las decisiones del Concilio Vaticano II sino más bien aplicarlas y completarlas y el período de crisis en la Iglesia no es el momento oportuno de cambiar una disciplina secular. ¿Qué cosa se quiere obtener después con la introducción de hombres casados, ordenados en edad avanzada, que ya no tienen la energía de los jóvenes, ni el tiempo para los largos estudios necesarios, ni disponibilidad total estando vinculados a la familia? También el card. Parecattil, de Ernakulam de los Malabares (India), siendo oriental, ha sostenido vigorosamente que la vitalidad de la Iglesia se puede atribuir en gran parte al celibato.

Si miramos hacia el Extremo Oriente, por la China ha sido mons. Kuo (Taiwan) quien ha pedido que la ley vigente permanezca inmutable y aplicada con nuevo vigor, porque cualquiera que sea la modificación que se haga ésta no elimina sino crea más bien dificultades, y los mismos no cristianos perderían la estima del sacerdocio; tampoco se remediaría la escasez de vocaciones. El representante del Viet-nam ha confirmado que para la población asiática, sea católica o no-católica, el ministerio sacerdotal exige una especial dedicación y disponibilidad por lo cual también los no católicos tienen ministros célibes.

A los argumentos adoptados a favor del celibato en los países de misión se puede agregar el temor expresado por algunos prelados (por ejemplo, card. Wyszynsky y mons. Kuharic) en el sentido de que la introducción de sacerdotes casados va a disminuir gravemente el dinamismo misionero del clero, especialmente en las Iglesias jóvenes.

Conclusión

Como se puede ver también en esta rápida visión panorámica de las discusiones llevadas a cabo en la Asamblea general del Sínodo de los obispos en 1971, la cuestión del celibato ha sido responsablemente y libremente examinada por esta calificada representación del episcopado católico y concluida con una votación clara. Con esto no han cesado las presiones, pero sería bueno ver claramente de qué fuentes provienen esos intentos e intereses en vez de aparentar que la Iglesia deba afrontar aún este "problema no resuelto"". La Iglesia universal le ha dado una exhaustiva respuesta colegial. Por eso el "problema" está en otra parte: en la "opción" libre y responsable de la completa y total dedicación al servicio de Jesucristo y de su Iglesia, por el reino, por lo tanto en el seguimiento de un Maestro crucificado y resucitado. Es cosa difícil pero posible.

A aquellos que escuchan con agrado testimonios externos les será quizá útil releer al menos dos testificaciones de diversas culturas y pertenencia religiosa. La primera de Mahatma Gandhi, citado en el Sínodo por el card. Parecattil: -It is the celibacy of the priests that keeps the Catholic Church green" (Es el celibato el que conserva joven a la Iglesia católica).

La segunda, en cambio, que puede servir también como digna conclusión del presente estudio, está constituida por las palabras que Roger Schütz, notable prior de Taizé, ha escrito a Pablo VI después del Sínodo de 1971: "El celibato, locura del Evangelio para los hombres es anuncio del reino que viene, animará la Iglesia de Dios en su vocación única de ser la sal de la tierra. El celibato ciertamente no es una vía fácil; por medio de él los hombres dan a Cristo toda su vida sin reservarse una parte para el futuro; por su intermedio reciben compensación centuplicada pero con persecuciones vividas en una lucha interior por aquellos que Dios les ha confiado. Lejos de contradecir la santidad del matrimonio cristiano, el celibato estimulará a los cristianos a descubrir aquello que es específico en la vocación del laicado, o sea un sacerdocio real depositado en cada cristiano y que consiste en vivir a Cristo en los hombres. De tal manera estos cristianos portarán más explícitamente, en sí, una parte del ministerio común de la Iglesia" .

VOTOS DE LOS PARTICIPANTES EN EL SÍNODO

Mons. Francisco Arinze,
Arzobispo de Onitsha (Nigeria)

El celibato conviene al sacerdote por muchas razones. Además de las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas, está la de la libertad de dedicarse totalmente al ministerio sacerdotal. Tal libertad sería imposible para un sacerdote casado. En muchos países es considerado uno de los más grandes carismas de la Iglesia católica. Para nuestro pueblo es una señal tan prominente de la excelencia y de la sobrenaturalidad del Evangelio, y es argumento tan fuerte en favor de la credibilidad de la Iglesia, que su cambio sería para nuestra joven Iglesia un daño de extrema gravedad. Laudablemente, la disciplina sacerdotal dura desde hace siglos en la Iglesia y con la gracia del Espíritu Santo -la cual no falta jamás- durará siempre.

Mons. Luis Eduardo Henríquez Jiménez,
Obispo titular de Lamdia, auxiliar de Caracas (Venezuela)

Armonía del celibato con el ministerio sacerdotal

Nuestra Conferencia cree también que este Sínodo debe reafirmar, no sólo disciplinariamente sino inclusive doctrinalmente, la ley del celibato. En efecto, son pocos los que lo rechazan como carisma y testimonio del reino futuro; sin embargo, muchos lo desean como opcional y lo rehúsan en cuanto ley de la Iglesia. Exaltan el carisma para destruir la ley. Por eso se hace necesario que el valor de esta ley eclesiástica, ley que tiene una tan larga tradición en la Iglesia latina, sea defendido y reforzado con motivaciones prácticas. Los argumentos los consignaré por escrito.

|No pocos piensan -con el apoyo de los medios de comunicación social- que sin el celibato desaparecería la crisis de los sacerdotes y se reduciría el problema de las vocaciones. Pero la cuestión del celibato no es sino el síntoma de un problema más profundo de identidad y de vitalidad del sacerdocio católico en una sociedad secularizada y materialista, en la cual todo se compra y todo se vende. Para que el problema de las vocaciones sea considerado con ánimo sereno, se necesita tener ante los ojos las confesiones protestantes, en las cuales todos los ministros son casados, y también la Iglesia ortodoxa, en la cual hombres casados son ordenados sacerdotes. También estas comunidades sufren escasez en el ámbito de las vocaciones.

Cardenal Karol Wojtyla,
Arzobispo de Cracovia (Polonia)

La vocación de seguir más perfectamente a nuestro Maestro y Redentor en la vida y en el ministerio sacerdotal toca también de forma muy cercana aquel nexo entre orden y celibato, que desde hace ya siglos ha comprendido la Iglesia, ha permanecido hasta nuestros días, y debe seguir siendo un principio vigente. Si efectivamente, en virtud de su vocación, cada sacerdote se hace partícipe de Cristo, lo hace también de la virginidad del mismo Cristo no menos que de su obediencia y pobreza. Todo esto, cuando es aceptado espontánea y libremente por cada uno de los llamados al sacerdocio, debe sin embargo ser atentamente cuidado por las instituciones de la Iglesia y por su ley. El estado de la ley eclesiástica, que sigue la inspiración evangélica, la espontaneidad del ofrecimiento personal en el sacerdocio y la ley del celibato no excluyen de ningún modo que aquél que es llamado al sacerdocio en la Iglesia pueda aportar en esta llamada el sincero don de sí.

Mons. Mariano Gaviola,
Obispo titular de Girba

Se han dicho muchas cosas y muy buenas sobre el celibato sacerdotal. Quisiera preguntar ahora, especialmente a los teólogos, si es válida o no aquella argumentación que se extrae de la misma causa efectiva sea del matrimonio o del ministerio sacerdotal.

El matrimonio efectivamente ha sido instituido por la ley natural divina: el ministerio sacerdotal en cambio por la ley divina positiva. Por eso los derechos y deberes que derivan de una y de otra institución gozan de un grado de superioridad en cuanto a la jerarquía de valores: es decir, los derechos y deberes que provienen de la ley natural tienen un grado de excelencia superior a aquellos que derivan de la ley positiva.

Supuesta la verdad de estas premisas, el sacerdote casado, en caso de grave conflicto entre derechos y deberes de su matrimonio y de su ministerio sacerdotal, debería atender primero a aquellos que exige su matrimonio.

En consecuencia, lo mismo debe decirse del obispo para aquello que concierne al sacerdote casado. En este caso, en efecto, el obispo debe considerar los derechos y deberes del matrimonio del sacerdote respecto a los derechos del apostolado, cuando entre estos y aquellos surgiesen conflictos.

Mons. Bernardo Agré
Obispo de Man (Costa de Marfil)

Armonía entre celibato y sacerdocio

Se habla de armonía con razón, cuando se conoce la situación que prevalece entre nuestros hermanos orientales.

La mentalidad general profunda de los cristianos de nuestros lugares encuentra todavía alguna dificultad en comprender los argumentos de orden escriturístico aquí expresados (celibato por el reino escatológico, imitación de Jesucristo...) En cambio, permanecen más o menos conscientes las razones de orden sacral que han movido a la Iglesia latina a generalizar el celibato sacerdotal, esto es, que el sacerdote es un hombre de lo sagrado, que teniendo frente a frente la realidad humana y sexual, debe comportarse como un hombre de lo sagrado. Los europeos no parecen muy persuadidos de estos argumentos; para ellos el paganismo está muy lejano. Pero entre nosotros se insiste de manera considerable, hasta ante los propios seminaristas. Esta mentalidad hay que corregirla, sin lugar a dudas, y hay que hacerla progresar mediante la predicación de la verdad, sin demolerla radicalmente por otra parte.

¿Quién no conoce los problemas concretos provenientes de la práctica del celibato? Los presbíteros de la Costa de Marfil no son ni más virtuosos ni más pecadores que sus hermanos en el sacerdocio de los otros continentes: abstengámonos por eso de decisiones generales despiadadas. Si los sacerdotes han estudiado suficiente teología para satisfacerse quedaría por preveer la aceptación de la masa cristiana y pagana que, también ella, espera de este sínodo grandes motivos de esperanza y no de desilusiones.

Cardenal Josef Höffner,
Arzobispo de Colonia, Relator de la parte doctrinal

Es dificilísimo, después de tantos siglos, aportar nuevos argumentos a favor del celibato. Pero quizá será beneficioso recordar un argumento que hoy no se debe despreciar: un argumento deducido del radicalismo evangélico. Ninguno duda que Jesucristo pone ante los ojos de todos los discípulos exigencias gravísimas para su seguimiento: allí está el testimonio del Sermón de la Montaña. En tal contexto se exigen disposiciones aún más profundas que las de aquellos a quienes llamó a la misión apostólica. Pedro, Andrés, Santiago y Juan dejaron todo por seguir a Cristo. Cuando mandó a los discípulos a evangelizar, ordenó que fueran en pobreza. Personalmente exaltó el celibato abrazado por el reino de los cielos. Y algo más grande aún, el Señor Jesús totalmente dedicado al Padre, abrazó la pobreza y vivió en el celibato, condición ésta insólita en aquellos tiempos. El apóstol Pablo vive este radicalismo y lo considera como un don divino, por medio del cual se puede servir más fácilmente con corazón indiviso al Señor. Justamente por eso la Iglesia que desde su nacimiento establece las condiciones para la asunción de determinados ministerios, puede establecer también que para el ministerio sacerdotal puedan ser elevados sólo aquellos que hayan decidido abrazar el celibato. Así se refuerza la disponibilidad en su ministerio, aumenta la fuerza de su testimonio y se protege la libertad para impugnar cualquier opresión. Se encuentra en esto una maravillosa participación en aquella Kénosis (despojo de sí, vaciarse, anularse) que fue la vida de Cristo en su misterio pascual. Además, el celibato no es temor a la vida, como dicen algunos. Trasciende los caminos comunes, no puede nacer sino de una decisión personal y se observa con la colaboración de la gracia de Dios. Comporta una gran fidelidad y se sostiene también de las nuevas consecuencias de la vocación inicial vistas de día en día. Muy numerosos son los fieles que ven en el celibato de los sacerdotes fielmente observado una valiosa ayuda para aquella fidelidad, que también ellos deben observar no sin esfuerzo, a fin de que el pacto matrimonial sea mantenido con firmeza y preservado de rupturas.

Cardenal Vicente Enrique y Tarancón,
Arzobispo de Toledo, relator de las cuestiones prácticas

Aunque se asevere que se trata de una doble realidad diversa y recíprocamente separable, el celibato es reconocido como una condición óptima para el ejercicio del ministerio apostólico: ésta es la razón por la que se ha encontrado una unanimidad casi absoluta de los padres en afirmar que el celibato deba ser conservado como ley universal de la Iglesia latina.

Además de todas las razones históricas de las cuales ha surgido esta ley, y de las razones filosóficas con las cuales ha sitio explicado hasta ahora, el celibato tiene vigencia y se sostiene hoy en la Iglesia:

a) por su valor actual y significado, en cuanto que hace al hombre plenamente disponible para dedicarse a la completa y libre predicación del Evangelio;

b) porque es expresión validísima de los valores cristianos fundamentales (signo escatológico en el mundo, signo supremo de la perfección de la vida cristiana que el hombre recibe de Dios, forma excelentísima de la pobreza evangélica, signo de la trascendencia y de la realidad personal de Dios como amor, a quien el hombre puede corresponderle también con amor personal);

c) además, el celibato concuerda perfectamente con los más profundos ideales de la vida, en cuanto es expresión radical de dedicación total a la misión y al servicio de Dios y de los otros hombres, de liberación de las alienaciones que la sociedad inclinaría a la producción y al consumo de los bienes tolera, en fin de amor personal y de esperanza de aquella realidad absoluta con las cuales terminará la historia presente del hombre.

Si la Iglesia jerárquica llama al ministerio sólo a aquellos que tienen el carisma de la virginidad, lo hace porque conoce su grave deber de elegir como ministros del Evangelio solamente a aquellos que en el contexto íntegro de su vida saben manifestar los valores evangélicos que predican; por eso ella se muestra solícita no tanto de la abundancia y del número de los ministros, sino sobre todo de su calidad. De este deber de fidelidad al Evangelio, en efecto, la sagrada jerarquía extrae su derecho de establecer, en cada uno de los momentos de la historia, bajo qué condiciones serán admitidos los candidatos al ministerio presbiteral.

Circunstancias históricas del celibato

Algunos padres afirman que en nuestros días todas las cosas se transforman a tal punto y tan profundamente especialmente en el orden antropológico, que el celibato es vivido con mayor dificultad que en los tiempos pasados (importancia de la sexualidad, cambio en las relaciones entre los sexos, deseo de creatividad, culto exagerado a la libertad absoluta...). Otros cambios en el seno de la misma Iglesia y el valor que hoy se atribuye a otras formas auténticas de vida cristiana, hacen que el problema se presente complejo y el celibato sea visto con ojos nuevos. Pero en estas nuevas circunstancias, culturales y religiosas, el celibato puede aparecer también en una ley nueva y bajo un nuevo esplendor, como expresión legítima y actual:

a) de llamada del amor personal de Dios;

b) de una libertad absoluta al servicio de Dios y de los hombres;

c) de renuncia a todas aquellas cosas que hacen esclavo al hombre;

d) finalmente, de rechazo radical contra esta sociedad moderna inclinada a la producción y al consumo de los bienes, que oprime al hombre en un clima de hedonismo y de sexualidad y no cesa de sofocarlo cada día. Para que el celibato pueda nacer y ser practicado como signo válido en la Iglesia y ante el mundo, necesita de algunas condiciones humanas, eclesiales y espirituales; de otro modo no será posible ni aparecerá ante los hombres de hoy como un signo auténtico. Es necesario que sea circundado de aquellas exigencias religiosas que son exigidas por el Evangelio: esto es pobreza, fraternidad, espíritu de servicio, desprecio de los honores, alegría, esperanza. Exige además continua vigilancia de sí mismo y constante esfuerzo ascético sin el cual el celibato se hace imposible; efectivamente, si no es vivido en este contexto evangélico, más que una señal se convierte en un contra-testimonio.

Cardenal Josef Höffner,
Arzobispo de Colonia

Este vínculo total de vida se expresa delante de Dios y delante de los hombres por aquel modo de vivir que llamamos celibato. El celibato por el reino de los cielos, si bien no exigido como elemento esencial, tiene sin embargo una congruencia múltiple con el sacerdocio. Los ministros se dedican a Cristo de manera nueva y excelente y se unen con él; reciben la posibilidad de adherirse más fácilmente a Cristo con corazón indiviso y de dedicarse con más libertad al servicio de Dios y de los hombres; se convierten en el signo vivo y revelador de aquel mundo futuro ya presente in abscondito (de modo escondido) en el cual los hijos de la resurrección no se casarán ni tomarán mujer. El celibato manifiesta la firme voluntad del ministro de dedicar su existencia completamente al ministerio sacerdotal y atestigua la fuerza del amor a Dios y a los hombres, fuerza por la cual todo el afecto humano incoado del sacerdote se transfigura. El celibato practicado por Cristo no puede ya sustraerse al escándalo de la cruz y por eso será siempre difícilmente comprendido por el mundo. Cuanto más languidezca la fe y se debilite la caridad de muchos, tanto más hostil será la negación de la virginidad consagrada a Dios y la del celibato. En estos últimos años, tanto en escritos como en conversaciones, se ha hablado con frecuencia de la conformidad del celibato con el ministerio sacerdotal. Hoy, pidiendo la revisión de la ley vigente en la Iglesia occidental, casi todos han cambiado el modo de proceder y al presente ya no atacan la congruencia interna entre sacerdocio y celibato, sino sólo objetan con diversos argumentos la extensión de la ley a todos aquellos que aspiran al ministerio sacerdotal. Tratar específicamente de este tema no pertenece a la parte doctrinal.

Cardenal Vicente Enrique y Tarancón
Arzobispo de Toledo, Relator de la segunda parte del argumento concerniente al sacerdocio ministerial

La doctrina acerca del celibato, sea según el magisterio o según la praxis de la Iglesia, ha sido expuesta en la parte doctrinal del esquema. Ahora afrontarnos la cuestión bajo el aspecto práctico o pastoral. Así pues, aquí se pregunta de qué manera, en la Iglesia de hoy, podría ser reforzado el ministerio sacerdotal por el carisma del celibato . Consideradas las circunstancias y las dificultades aparecidas aquí y allá, se pregunta, además, si no se debiera pensar en promover al sacerdocio, en la Iglesia latina, a hombres de edad avanzada, que hayan dado testimonio de una vida santa tanto en el campo familiar como en el profesional.

Tanto en panfletos cotidianos como en los periódicos se argumenta acerca del celibato sacerdotal y se hace de manera superficial y quizá hasta con colores escandalosos. La cuestión es tratada de manera ingenua e ilusoria, como si de la libre opción del celibato dependiese la solución de todos los problemas de los presbíteros y que una vez suprimida su obligatoriedad en la Iglesia latina, los sacerdotes se volverían más serenos de ánimo, más eficaces en el apostolado y también más santos. Los hechos indagados demuestran estadísticamente que no se trata de problemas tan fundamentales y amplios como pretenden demostrar con frecuencia los medios de comunicación social.

Tales cuestiones deben ser afrontadas con la máxima honestidad y serenidad de ánimo. No podemos ignorar la controversia de hoy y no parece oportuno ponerle fin con un acto de autoridad. Todo aquello que en este tema deba decidir la Iglesia será saludable y fecundo sólo si los motivos, ya sean evangélicos o pastorales sobre los cuales se apoya la decisión, sean claramente comprendidos y considerados válidos por todos. Más bien, la discusión actual parece ofrecernos una magnífica ocasión para poner en evidencia más profundamente y de manera transparente el ministerio sacerdotal.

He aquí algunas reflexiones que modestamente proponemos a vuestra consideración:

a) Nadie duda que el celibato, en cuanto convicción personal, especialmente si se asume "por el reino de los cielos", no sólo es lícito, sino constituye una razón válida para la realización personal humana y cristiana. No es una simple abstinencia del matrimonio o de la vida sexual en general. En el seguimiento de Cristo el amor de Dios y del prójimo, que lo impulsa, abraza e invade todos los aspectos de la vida del hombre, fortifica su capacidad de donación y trasciende los confines de un amor puramente humano.

b) El ministerio sacerdotal comporta la exigencia de una disponibilidad especial constante para ejercerlo. Se trata en primer lugar de disponibilidad para los hombres, a los cuales se hace tanto más útil cuanto más está al alcance de ellos.

Es también más profunda la disponibilidad en favor de la Iglesia para cuyo servicio el sacerdote debe estar libre en cualquier situación nueva. Finalmente permanece válida la afirmación de san Pablo que el Concilio también repite, según la cual el celibato es el medio para consagrarse más fácilmente a Dios "corde indiviso" (con corazón indiviso).

c) La Iglesia tiene el derecho y el deber de establecer la forma concreta del ministerio sacerdotal y por eso de elegir a los candidatos más idóneos dotados de determinadas cualidades humanas y sobrenaturales. La Iglesia de hoy, al exigir el carisma del celibato como condición síne qua non para el sacerdocio, no lo hace movida por razones de pureza ritual, ni porque crea que el celibato sea la única vía para conseguir la verdadera santificación personal. Lo hace volviendo la mirada ante todo a la forma concreta de ejercer el ministerio en la comunidad para la santificación de la Iglesia. La concretización histórica de cualquier institución en la Iglesia supone con frecuencia algo más amplio que todo aquello que se pueda deducir abstractamente del Evangelio y del dogma.

d) El celibato sacerdotal continúa siendo un signo válido mientras se le mantenga no como un peso meramente legal. Es un testimonio paradójico de amor al reino, de la omnipotencia de la gracia divina que suscita y conserva tal amor, y de la propia sinceridad en la proclamación del advenimiento del reino. En el clima actual de hedonismo y de sensualidad esta testificación reviste un valor particular.

e) En la discusión actual sobre el celibato quedan diferenciados precisamente carisma del celibato y gracia sacramental de la ordenación. Es innegable que la Iglesia jerárquica no puede conferirle a ningún individuo tal carisma especial, ni siquiera mediante la administración de los sacramentos. Este carisma presupone, en efecto, un conjunto de cualidades naturales sin las cuales sólo una acción casi milagrosa permanente podría conservar al hombre célibe psíquicamente equilibrado. Presupone especialmente una intensa vida de fe, a tal punto que algunos teólogos hablan del "carácter dialogal" de tal carisma, en cuanto la llamada interior de la gracia introduce, en general, a la llamada al celibato. En realidad la misma vocación interna es el origen de la decisión al sacerdocio, que exige siempre una fe viva y la propia abnegación, por lo cual, en concreto, el carisma del celibato puede ser distinto al de la vocación sacerdotal sólo en modo inadecuado.

Mons. Jacinto Thiandoum,
Arzobispo de Dakar (Senegal)

Aquellos que me han enviado como su representante a este Sínodo piensan que el sacerdocio no debe ser absolutamente disociado del celibato, por muchísimas razones graves magníficamente señaladas tanto en el decreto conciliar Presbyterorum ordinis, como en la Encíclica Sacerdotalis coelibatus del Sumo Pontífice Pablo VI.

Consultado sobre este tema, algunos sacerdotes africanos en las reuniones que hace poco tiempo han tenido en el África occidental los delegados de varias naciones han afirmado precisamente: "Si se trata del África, sería demasiado decir que la importancia del celibato, como signo, es difícil de ser comprendida".

Mons. Octavio Antonio Beras Rojas,
Arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana)

Casi todos nuestros sacerdotes estiman muchísimo el carisma del celibato y defienden su conveniencia. Pero hay muchos, y aumentan día a día, que desean que no sean excluidos del sacerdocio los que quieren desempeñar este ministerio y también casarse. No obstante los motivos teóricos y prácticos asumidos por ellos, nuestra Conferencia expresa su voto contrario al celibato opcional. Pero al mismo tiempo pide que por ese motivo los candidatos sean mejor seleccionados en el futuro y reducidos en número: esto exige, finalmente, que tanto religiosas como religiosos no sacerdotes y laicos sean llamados a asumir el mayor número posible de aquellas funciones que hoy los presbíteros retienen para sí.

Mons. Emanuel Talamas Camandari
Obispo de Ciudad.Juárez (México)

En lo que respecta al celibato, nuestra Conferencia Episcopal desea seguir la praxis secular y actual en la cual el orden sacerdotal se confiera sólo a aquellos que conocen y quieren recibir este carisma derivado de un amor indiviso ofrecido a Cristo, por el reino de los cielos y para el servicio evangélico, ofrecido más libremente y totalmente a los hermanos. Por lo demás, en esto se encuentra el consenso casi universal de nuestro pueblo. Sin embargo, la mayor parte de nuestra Conferencia no se opone al otorgamiento del sacerdocio a hombres casados, en determinados casos y regiones, al menos ad experimentum, si según este Sínodo el Sumo Pontífice lo considera conveniente.

Mons. Luis Eduardo Henríquez Jiménez,
Obispo Titular de Lamdia, auxiliar de Caracas (Venezuela)

a) La ley del celibato eclesiástico debe permanecer intacta. Nuestra Conferencia ha rechazado unánimemente el así llamado "celibato opcional" para los jóvenes que quieren recibir el sacerdocio.

b) Con consenso unánime la Conferencia de los obispos de Venezuela ha excluido también la readmisión al ministerio de aquellos sacerdotes que han obtenido la secularización canónica y se han unido en matrimonio.

c) Con gran mayoría de votos, sólo dos en contra, y uno ¡ruta modurri, ha sido rechazada la ordenación de hombres casados.

Mons. Santiago Sangu,
Obispo de Mbeya (Tanzania)

Nuestra Conferencia piensa, indiviso corde, con el Romano Pontífice. Después de las indagaciones hechas entre los sacerdotes y seminaristas en Tanzania, aparece que entre nosotros el celibato no constituye una así llamada crisis. Nuestros seminarios están llenos de jóvenes que con plena conciencia respecto a la ley del celibato se preparan generosamente al sacerdocio. Los obispos buscan con todas las fuerzas que a estos seminaristas les sea dada, desde los seminarios, una formación positiva acerca de la vida sacerdotal. Esta es en realidad la situación de la Iglesia del África Oriental, así llamada AMECEA countries, colmada de grandes alabanzas por el eminentísimo cardenal Rossi, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Mons. Giacomo Beltritti,
Patriarca de Jerusalén de los Latinos

Hablando de la formación de los clérigos he mencionado ya el celibato. Permítaseme añadir aquí sólo una pequeña cosa. El celibato es la corona de los sacerdotes, defensa y ornamento de la Iglesia católica resplandeciente desde hace siglos; es la piedra preciosa que sin tener en cuenta todas las consideraciones humanas es necesario conservar a cualquier costo.

La cuestión del celibato es tan delicada y de tanta importancia para el futuro de la Iglesia que debería ser estudiada de rodillas.

La Conferencia Episcopal C.E.L.R.A. piensa al respecto de la siguiente manera:

a) La ley del celibato debe ser mantenida de manera irrestricta. Nuestros obispos y sacerdotes, interrogados individualmente y por escrito, han votado unánimemente por el mantenimiento de la ley del celibato. Efectivamente, ellos viven en contacto diario con sacerdotes casados de diversos ritos y tienen continuamente ante los ojos las dificultades familiares, económicas y sociales que experimentan los sacerdotes casados: se dan cuenta especialmente cuan difícil es (por más que se diga lo contrario) servir a Dios y a la familia. Por esta razón todos, sin excepción alguna, desean el mantenimiento de la ley del celibato.

b) Este es igualmente el pensamiento de nuestro pueblo, así como también es el de los otros cristianos. Será útil recordar que len distinguido prelado de la Iglesia griega-ortodoxa del patriarcado de Jerusalén dijo hace poco tiempo: "Ha sido cosa óptima llevada a cabo por el Concilio Vaticano II la confirmación de la ley del celibato para los sacerdotes".

c) Pero nuestra Conferencia considera que si las circunstancias particulares lo exigen, en algunos lugares en la Iglesia latina, por verdadera necesidad, uno o más hombres casados -teniendo edad, virtud, buena fama y suficiente instrucción- sean promovidos al sacerdocio; esto puede ser autorizado, siempre con el consenso expreso de la Santa Sede, en cada caso individual. Tal excepción facilitaría el bien de la Iglesia particular, porque la Santa Sede no rehusará salir al encuentro de una verdadera necesidad de la Iglesia local y de la Iglesia universal en la cual el celibato debe ser observado como norma.

El recurso a la Santa Sede podría frenar los abusos: una derogación fácil -permítaseme usar esta palabra- quizá inconsulta de la ley del celibato podría causar gravísimos e irremediables abusos en la Iglesia.

d) En la Conferencia C.E.L.R.A. no parece que pueda ser admitido el celibato opcional antes de la ordenación en los seminarios.

Cardenal Juan Landázuri Ricketts,
Arzobispo de Lima (Perú)

Es necesario que el. valor y el carisma del celibato en la Iglesia sea afirmado ya sea en su dimensión evangélica o como signo escatológico en el mundo. También debe ser considerado en su condición humana, en cuanto promueve la disponibilidad al servicio de la comunidad.

Asimismo es necesario insistir en favorecer y sostener las condiciones en las cuales puedan nacer y madurar las vocaciones al ministerio sacerdotal.

Cardenal Josef Höffner,
Arzobispo de Colonia

a) No pocas veces se ha afirmado -también en esta aula- que con la admisión de hombres casados aumentaría el número de los sacerdotes.

Respondo: La experiencia de las Iglesias occidentales, por ejemplo en Inglaterra y en Alemania, demuestra que la derogación del celibato no incrementa el número de las vocaciones, más bien lo disminuye. En la Iglesia anglicana tres mil parroquias están sin pastor. En Alemania el número de los pastores protestantes es inferior al número de sacerdotes católicos.

b) Nadie, por supuesto, tiene el derecho subjetivo de recibir el sacramento del orden y así poder obligar a la Iglesia a ordenarlo.

c) Las condiciones en la Iglesia latina son muy distintas a las condiciones en las Iglesias orientales. En efecto, en las Iglesias orientales desde hace siglos hay sacerdotes que viven en matrimonio. En nuestra zona se hacen presiones violentas contra el celibato. Pero la presión no es de ningún modo un método adecuado para resolver algunos problemas.

d) Ya que se hacen presiones cualquier excepción tendría una fuerza "explosiva", de modo que en poco tiempo el celibato se desvanecería o se refugiaría en los monasterios: así las Iglesias separadas, por ejemplo en el siglo XVI, cediendo a una presión similar abolieron la ley del celibato, por lo dial hoy prácticamente ya no existe el celibato en esa Iglesia. En el Directorio Crockfords de la Iglesia anglicana se nos dice a nosotros los católicos: "En poco tiempo el estado matrimonial se volverá la norma de la Iglesia católica".

En el año 1878 el Sínodo de la Iglesia llamada veterocatólica en Alemania abolió la ley del celibato con estas palabras: "El Sínodo declara solemnemente no querer disminuir en lo más mínimo la verdadera dignidad del celibato libremente asumido, más bien quererlo elevar". Pero la situación actual en Alemania es esta: en toda la Iglesia vetero-católica se encuentran sólo uno o dos sacerdotes célibes.

e) Por eso el celibato, especialmente hoy en día, tiene necesidad de una ayuda institucional.

f) Además hoy el celibato tiene una especial ventaja, porque corresponde a la voluntad y a la aspiración de magníficos jóvenes que intentan radicalmente y se proponen un alto ideal para siempre.

Mons. Marcos Gregorio McGrath,
Arzobispo de Panamá, relator del círculo menor de lengua española portuguesa

Los miembros de nuestro círculo, después de haber considerado atentamente que hay muchos sacerdotes en diversas diócesis que desean el celibato opcional al menos para los futuros candidatos al sacerdocio, con consenso unánime han considerado que el celibato debe ser conservado para los actuales presbíteros de rito latino y para cualquier célibe que sea ordenado sacerdote.

Cardenal Angelo Dell`Acqua,
Vicario de Su Santidad

El problema del celibato que queremos examinar, presenta una importancia particular e implica gravemente a nuestros obispos, a quienes se dirige una advertencia del juicio de Dios, de la Iglesia y de la historia.

Os ruego que estas cosas se impregnen profundamente en nuestras mentes y en nuestros ánimos durante el tiempo de la presente reunión.

1. La ley del celibato ciertamente hay que considerarla eclesiástica: sin embargo, la praxis plurisecular de la Iglesia latina que, desgraciadamente, no se ha conservado sin enfermedad ni debilidad, enaltece sin duda a la misma Iglesia y la alumbra de modo tal, que las otras "confesiones religiosas" le envidian un tan noble esplendor.

Es verdad que la Iglesia seguía en sus orígenes una praxis diversa y que Cristo, el divino fundador de la Iglesia, no impuso a los Apóstoles la ley del celibato. Pero no se debe olvidar que la Iglesia ha crecido necesariamente como una sociedad: incremento que, en último análisis, puede ser atribuido sólo a la ayuda divina prometida por Cristo mismo a la Iglesia.

¿Por qué de pronto deberíamos hacer que la Iglesia vuelva atrás a aquella época primitiva?
¿No injuriamos así quizá a aquellos que dieron la vida misma para hacer cada día más bella y más fuerte a la Esposa de Cristo?

¿Se podría considerar justo olvidar aquello que personas de muy recta intención y de piedad probada han establecido después de reflexiones maduras, después de haber rezado fervorosamente, después de haber trabajado tanto para el progreso de la santa Iglesia y del pueblo de Dios?

Proceder en sentido contrario o subvertir un modo de vivir y de ser, debilitar una praxis que se ha comprobado útil, ¿no suscitaría acaso dudas que podrían favorecer un relativismo dañino en lo que concierne a la religión?

¿No asumimos quizá de esta manera un gravísimo peso de conciencia por el cual podrían reprocharnos haber obstaculizado con muy graves dificultades el efecto del anuncio de salvación de Cristo Señor?

Ciertamente nadie ignora que el tiempo presente está lleno de dificultades.

Sin lugar a dudas, las dificultades que perturban a la Iglesia no se deben subestimar, pero éstas podrían hacer creer que una praxis plurisecular ha perdido su valor.

Seguramente la Iglesia no se afianza ni se defiende con concesiones; por eso es absolutamente necesario que se vea de manera clara e inquebrantable, sin lugar a ninguna duda, el modo de actuar de la Iglesia, el cual revele y demuestre su continuidad sustancial.

Si bien es cierto que no son sólo de ahora las dificultades de las que está lleno el celibato, también es verdad que hoy estas dificultades han aumentado al máximo por muchos motivos, entre los cuales quizá no es el último el modo de educación y de instrucción en la preparación de los sacerdotes y religiosos.

Pero, interroguémonos con la máxima lealtad: ¿estos hechos no deben ser quizá atribuidos -y pueden darse principalmente- a una estima menoscabada de los valores sobrenaturales esparcida en la Iglesia, a un disminuido amor por la oración, a una negligencia en las cosas interiores y eternas, a un cierto desprecio, en las almas consagradas, de la unión con Dios?

Todos los pueblos, católicos y no católicos vuelven sus ojos sobre nosotros y esperan una respuesta que verdaderamente contribuya al bien de la Iglesia.

Demos por eso a todo el mundo un ejemplo de caridad unánime, de amor por la Iglesia, de debido respeto a la tradición venerable.

2. A pesar de que la cuestión del celibato de los presbíteros haya sido tratada por la Iglesia no sólo una vez, confiando siempre en la ayuda de Dios, la Iglesia, con ánimo fuerte y noble, ha defendido constantemente esta praxis en ocasiones y tiempos no muy distintos a los nuestros.

Por lo tanto, lo que más deseamos, es que de ningún modo se quebrante una praxis que ha demostrado ser de suma importancia y que, una vez abolida, podría producir un estado de cosas lleno de dificultades, particularmente en la educación de los clérigos.

Por esta razón, las dificultades que podrían surgir por la carencia de ministros sean resueltas:

- ya sea distribuyéndolos de manera conveniente;
- ya sea iniciando en las órdenes sagradas a hombres que han permanecido viudos; esto sin violar en absoluto la ley del sagrado celibato.

Tengamos presente los graves efectos que surgirían para la Iglesia si se admitiesen ministros de cosas sagradas que se uniesen en matrimonio: la mayor parte de los fieles no lo toleraría.

Efectivamente, si se reflexiona con atención acerca del bien y del derecho natural, es decir, acerca de la protección del patrimonio familiar, de la buena educación de los hijos, del amor por la esposa, de la cantidad de dinero para las necesidades futuras y de tantas otras cosas similares, éstas son más importantes y tienen prioridad sobre los derechos y deberes del apostolado.

Y no digamos que la cuestión del celibato eclesiástico concierne sólo a la disciplina. En efecto, aún si se refiere principalmente a la disciplina, tiene una relación con la vida misma de la Iglesia y con su fin sobrenatural, el anuncio de la eterna salvación.

3. Sería también inoportuna, especialmente en las actuales circunstancias, la readmisión al ejercicio ministerial, aunque fuese del diaconado, de aquellos sacerdotes que han obtenido la dispensa regular y han contraído matrimonio. Se establecería un ejemplo de graves consecuencias: algunos, por ejemplo los sacerdotes más astutos, abandonarían su ministerio con más facilidad en la esperanza de una reincorporación futura; para los cuales se confirmaría la opinión de un estado sacerdotal no ministerial, que tendría consecuencias nocivas principalmente en la formación de los clérigos.

Es absolutamente necesario, tanto más en estos tiempos, insistir y hablar del sacerdocio, no como de un oficio o una profesión, sino como de una entrega total a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Si no, aquellos sacerdotes que todavía son conscientes de sus oficios, no tendrían el soporte del buen ejemplo y no se sentirían estimulados a la perseverancia y a la carga del oficio del apostolado.

Sin embargo eso no significa tener y demostrar con las obras una caridad menor hacia nuestros hermanos.

Por eso es necesario hacer todo lo posible y afrontar todo para ayudarlos fraternal y realmente.

La Iglesia se muestra misericordiosa: con su ayuda psicológica o económica quiere que se encuentre para estos nuestros hermanos una conveniente y adecuada acomodación en la sociedad civil.

4. Ni actuando así se entorpece la actividad ecuménica: ésta, en efecto, del todo especial y provista de su propia característica, parece asunto no directamente unido y sujeto a la Iglesia latina por la ley del celibato.

Por lo cual, en mérito a la cuestión en cuanto tal y, en realidad, en su propia especificidad, los casos eventuales y excepcionales que puedan surgir serán estudiados y resueltos oportunamente por la autoridad suprema.

Deseamos de corazón que de una vez por todas se ponga fin a esta cuestión escabrosa, que engendra tantas dudas, alimenta en los sacerdotes y en los clérigos tantas ilusiones peligrosas, y que provoca al mismo tiempo entre los fieles estupor, por no decir escándalo.

Cardenal Giuseppe Siri,
Arzobispo de Génova

a) La absoluta necesidad del celibato en el sacerdocio no puede ser demostrarla teológicamente.

b) Tampoco se puede demostrar la absoluta conveniencia de lo contrario. En efecto, el derecho a la evangelización y a los sacramentos, como se debe afirmar sin ninguna duda, necesita de que exista un deber correlativo y, precisamente, en una persona física o moral. Sólo éstas son sujetos de derechos y de deberes. El derecho de que estamos hablando -y riel cual habría mucho que decirse refiere a la Iglesia en cuanto tal, no al modo de cómo ésta ejerce su deber correspondiente. Siendo el celibato una "modalidad" del sacerdocio, no entra directamente en la problemática del derecho. Tanto más que, como se ha advertido a lo largo de cuanto han dicho los diversos padres en esta aula, sin el celibato el sacerdocio no se ejerce mejor, sino más bien con mayores dificultades. Ningún hombre tiene derecho a exigir actos imprudentes con los cuales la Iglesia se pondría en peligro a sí misma y a toda la gente con ella.

c) Es por todos conocido que Cristo propuso la castidad perfecta como un consejo.

d) Sin embargo, en lo que se refiere al celibato del sacerdocio esto es algo más imperioso. El Señor habló de una capacidad humana -aquella precisamente en torno a la cual se ejerce el celibato -y dijo que no todos pueden comprenderla. Veámoslo bien. El ejemplo del mismo Señor, de la siempre virgen Madre del Señor, del apóstol predilecto Juan, de los demás Apóstoles, al menos después que se dio inicio a la irradiación de la evangelización, de la mayoría de la Iglesia, y también ahora de aquellos que viven en el silencio, tiene un significado divino.

Mons. José Kuo,
Arzobispo titular de Salamina

En lo que concierne al celibato, pedimos que esta ley sea reafirmaría con nuevo vigor, en cuanto es gloria de la Iglesia y ornato de los sacerdotes. Cualquier cambio o modificación no sólo no resuelve nada sino más bien crea nuevas dificultades. Desde hace ya bastante tiempo muchos daños han sido acarreados a nuestra Iglesia, a partir del momento en que muchos sacerdotes perdieron este tesoro y muchos fieles y paganos empezaron a estimar menos a nuestros sacerdotes. Aquellos que desean remediar la escasez de vocaciones sacerdotales con la abolición del celibato o con cualquier mitigación de esta ley, consideren seriamente cuántos serán los jóvenes que se alejarían del ministerio sacerdotal viendo que los sacerdotes conducen una vida fácil, reducen su ministerio a una tarea social, soportan mal el celibato despreciando la familiaridad con Dios a la cual estaban dedicados mediante la sagrada ordenación, y abandonan el interés por cultivar la santidad de la vida. Incluso, la eventual ordenación de hombres casados parece peligrosa, porque se abriría un camino al relajamiento del celibato. Sin embargo, nuestra Conferencia Episcopal no excluye esta eventualidad, naturalmente cuando se haya recuperado la libertad religiosa en la China continental, y si realmente no hay otros medios para atender a la cura de almas; y, además, si se encontrasen hombres de edad avanzada y dignos bajo todo punto de vista, idóneos y valiosos por su familia ejemplar, y cuyos hijos puedan ya mantener la propia vida con su trabajo.

Deseamos que la importancia del celibato sacerdotal sea siempre más y mejor inculcada en el ánimo de los sacerdotes y de los aspirantes al sacerdocio, a fin de que sean hallados "fieles ministros de Cristo".

Cardenal Francisco Seper,
Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

Para la opinión pública mundial, para los medios de comunicación social de todo tipo, y quizá también para una gran parte de nuestros hermanos en el sacerdocio, el objetivo específico y principal de este Sínodo es la pregunta: "¿Permanecerá o no en la Iglesia latina el celibato sacerdotal obligatorio?..." Y ¿podrán casarse los sacerdotes después del Sínodo o no? Es lo que nuestros fieles saben del Sínodo. Esto lo demuestran claramente las "mociones" muy frecuentes en estos últimos meses de sacerdotes pertenecientes a los así llamados "grupos solidarios", con encuestas entre los sacerdotes, con protestas, con cartas enviadas a los obispos y a sacerdotes a nivel nacional y quizá, de algún modo también internacional. En todas estas cosas no se encuentran invitaciones a rezar más o a la vida espiritual, sino se repite a manera de estribillo el celibato opcional. Algunos, de manera más cauta, quieren "evolución a pasos pequeños"; que se insista primero en la ordenación de hombres casados; aquellas ordenaciones serán después "la expresión pluralista de la imagen" del sacerdote.

Quisiera hacer algunas observaciones:

a) Ciertamente no soy de aquellos que considerarían estado de facto respecto al celibato sacerdotal en modo poético o demasiado optimista. El celibato jamás ha sido cosa fácil, sin peligros y sin escándalos. Pero esto vale también para el estado matrimonial, a pesar de que éste sea más natural para el hombre que el estado célibe. No creamos por eso que si los sacerdotes pudieran contraer matrimonio, no se darían más escándalos. Existirían escándalos de otro tipo.

b) Con frecuencia se habla del carisma de la castidad. Ciertamente no quisiera poner en duda la existencia de los carismas ni coartar la acción del Espíritu Santo; pero en la práctica no sé qué utilidad pueda tener este debate: de hecho no faltan los equívocos. Seguramente no debemos considerar el carisma de la castidad como una especie de estado angélico. Si no me equivoco, tal carisma no suprime el instinto sexual; un carismático tal no está exento de tentaciones, de dificultades y de combates espirituales. Como en todos los dones del Espíritu uno puede también perder tal carisma por culpa propia. En la práctica: ¿cómo puede un candidato al sacerdocio, o su obispo, estar seguro de la existencia de tal carisma? ¿Después de los hechos o anteriormente?

c) Sería una ilusión pensar que en el estado actual de las cosas el número de las vocaciones sacerdotales aumentaría notablemente si se introdujese el celibato opcional. En nuestro tiempo de secularización la escasez de vocaciones se deja sentir también, y quizá más que entre nosotros en otras Iglesias cristianas, en las cuales no existe el problema del celibato. Es verdad que hoy, en algunos países, hay diversos estudiantes de teología que, a causa de los debates acerca del celibato, esperan y difieren la ordenación en la esperanza de un cambio de la disciplina. Esta situación durará mientras no se les diga a ellos, clara y definitivamente, que esta es una esperanza vana.

d) ... En este momento la Iglesia latina llama (al sacerdocio) sólo a aquellos que quieren vivir el celibato.

e) Introducir el celibato opcional en la Iglesia latina equivaldría a dar un paso hacia lo incierto y desconocido, tanto más, cuanto que tendría enorme repercusión en todos los sacerdotes ya ordenados que viven célibes. ¿Se asumiría seriamente tal responsabilidad? No tiene mucho valor la comparación con las Iglesias orientales. No basta hablar de "tradición venerable" que ninguno quiere ni puede abolir. Pero a nosotros nos falta una exposición científica de la situación, como aparece en las estadísticas e investigaciones que han sido hechas en las diócesis latinas... De algunos obispos orientales también ortodoxos, hemos escuchado decir: "No abandonen la ley del celibato". Muchísimas cosas, por lo tanto, hay que tener en consideración antes de llegar a cualquier cambio en el campo del celibato. Y se trata de cosas que no se pueden decir de manera clara absolutamente. La presión que de parte de los sacerdotes se hace cada vez más fuerte a mí no me parece para nada -lo digo con claridad- un signo de los tiempos con el cual Dios habla a la Iglesia. Después del Concilio de Trento, cuando las condiciones de la Iglesia, también en lo que concierne a la observancia del celibato, eran mucho peores de lo que son ahora, ninguno pensaba que para la reforma de la Iglesia y la renovación de la vida espiritual de los fieles fuese necesaria la abolición del celibato...

Termino con las palabras de un profesor universitario austriaco: "Si un día se arruina el celibato, sucederá en forma de una oración fúnebre".

Cardenal Allfred Bengsch,
Arzobispo-obispo de Berlín (Alemania)

Aquello que quisiera decir de nuestros trabajos, lo ha dicho ya mejor y con mayor claridad el cardenal J. Döpfner, por lo cual lo pasaré por alto.

Respecto a estas dos cuestiones, la del celibato y la de la ordenación de hombres casados, permítaseme decir algunas cosas.

Primeramente, estoy de acuerdo con el parecer de la Conferencia Episcopal Alemana: que se mantenga el celibato y que la ordenación de hombres casados es inoportuna, al menos por el momento.

Lo demás lo presento en nombre propio, especialmente aquello que concierne al valor de la prueba.

El problema del celibato no debe considerarse jamás en sí mismo, como separado de la vida de la Iglesia.

Están íntimamente ligados entre sí, tanto los bienes espirituales, como las virtudes, y como también las verdades cristianas.

Durante siglos el celibato ha sido acogido en la Iglesia latina no sólo como una disciplina, sino también como un bien y una virtud, estimada también por los fieles, practicada por muchísimos sacerdotes, y confirmada por el testimonio de numerosos santos.

Cuando falta la estima por el celibato, inevitablemente los consejos evangélicos son también menos apreciados. Una prueba de esto es el hecho que al presente casi la mitad de los sacerdotes reducidos al estado laical hayan sido sacerdotes regulares, para los cuales no se trata ciertamente de una cuestión de celibato, sino de consejos evangélicos.

Por otro lado vemos que también la indisolubilidad del matrimonio y la castidad prematrimonial son atacadas en la conciencia de los fieles y hasta por los escritos de teólogos; así, pues, se da una menor estima tanto por el celibato como por los consejos evangélicos (que sin lugar a dudas son carismas de los que hoy se habla continuamente) y por el matrimonio cristiano.

Hay que rechazar un argumento que se trae a colación con frecuencia: el celibato es un carisma y en cuanto tal no puede ser regulado por la ley. Es cierto que a lo largo de los siglos todos los carismas no han surgido en la Iglesia por imposición de la ley, ya que son efectivamente dones del Espíritu Santo. Pero la Iglesia ha hecho siempre leyes para protegerlos y para introducirlos en la vida eclesiástica. Así se ha hecho siempre cuando se fundaba una nueva forma de vida religiosa o una nueva comunidad regular. Lo mismo sucede hoy en relación a la libertad, madurez y corresponsabilidad de los laicos, porque en esta materia repetidamente y en voz alta se pide tina institución jurídica.

Los argumentos derivados de las estadísticas o de los sondeos de opinión no siempre convencen.

En nuestras regiones, por ejemplo, los domingos asisten a la Misa entre el veinte y el treinta por ciento de los fieles; en las grandes ciudades quizá sólo el diez por ciento y ello independientemente de si se trata de la forma litúrgica tradicional o de cualquier forma moderna.

¿Quién osaría concluir de estos datos que habría que suprimir la Eucaristía los domingos?

No nos sintamos más incómodos por el pedido de un debate y una demostración más sobre el celibato. Efectivamente, casi todos los argumentos, ya sean favorables o contrarios, han sido expuestos en los años sucesivos al Concilio Vaticano II. Pero, decidir, sólo lo podemos hacer según el Espíritu Santo y nuestra fe.

El Concilio Vaticano II -y con él muchos padres que ahora son miembros de este Sínodo- confirmó la ley del celibato para los eclesiásticos. Como es evidente a todos vosotros, hemos suscrito la fórmula que dice "todo, en modo global y particular... aprobamos en el Espíritu Santo"". Ahora bien, es difícil poder presumir que hoy, como lo dicen algunos, el Espíritu de Dios pueda expresarse principalmente a través de la palabra y de los escritos de los adversarios de la ley del celibato.

En fin, nadie puede ignorar que algunos debates actuales ya menoscaban particularmente las declaraciones de todos los Concilios.

Creo que para el futuro se deberían dejar de lado expresiones vagas e inexactas, tales como: estadísticamente, dinámicamente, autoritariamente, liberalmente, reaccionariamente, progresivamente, más abierto al futuro, etc.

Difícilmente son de alguna utilidad a la materia en debate y con frecuencia se emplean en sentido demagógico.

El mundo contemporáneo, más allá del fervor por el progreso, tiene también necesidad de una entrega personal según la fe, y, contra el primer dogma del mundo de hoy acerca del excesivo disfrute de la vida, se debe dar el ejemplo de un ministerio fiel y sin tacha, lo que significa renuncia de uno mismo en favor de los hombres.

Mons. José Armando Gutiérrez,
Obispo de Cochabamba (Bolivia)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Bolivia. El tema del celibato, discutido en nuestra Conferencia con diversidad de opiniones, no parece ciertamente la causa principal de la crisis.

Dejando de lado los motivos en favor y en contra que alegan acerca de la actual disciplina, ya más que suficientemente expuestos en esta aula, la Conferencia de los obispos de Bolivia, después de ratificar su adhesión a la ley del celibato, añade lo que sigue:

- no somos favorables a la posibilidad que los sacerdotes reducidos al estado laical sean admitidos nuevamente al sacerdocio;

- no aceptamos que se casen aquellos sacerdotes que no observan el celibato, de modo que puedan continuar ejerciendo el ministerio después de estar legítimamente casados.

Mons. Aarón Marton,
Obispo de Alba Jrdia (Ktrnaanía)

Hablo en nombre de los Ordinarios católicos de Rumanía.

Mucho se ha hablado del celibato. Quisiera que se me perdonase si empleo expresiones más bien fuertes.. Vengo de otro mundo y no creo que sea inútil haceros conocer un poco de su mentalidad.

La discusión ruidosa surgida alrededor de la Encíclica Humanae Vitae y la Sacerdotalis coelibatus es la "melodía melodramática" -para usar las palabras de K. Rahnerque acompañó al mismo tiempo las declaraciones contestatarias y eliminó el eco mucho más débil de la Encíclica Populorum Progressio. Esta coincidencia fatal nos llena de estupor. Nosotros la hemos interpretado como si hoy, cuando en el mundo entero todas las naciones están afligidas por problemas dificilísimos, el problema más urgente en Occidente fuese aquel de hacer llegar rápidamente al matrimonio a los sacerdotes que se encontraban en grave peligro espiritual.

Algunos solicitan la abolición o la mitigación de la ley del celibato también por la escasez de sacerdotes, invocando aquel principio inculcado por el Concilio Vaticano II de que los fieles tienen el derecho a los sacramentos. Pero el mismo Concilio, con más claridad que antes, declaró que el Espíritu Santo puede actuar y santificar almas no sólo mediante el sacerdote, sino también mediante otros medios.

En la diócesis, de la cual por misericordia de Dios soy obispo, la fe católica fue conservada durante casi doscientos turbulentos años, esto es en los siglos dieciséis y diecisiete, por unos pocos padres franciscanos con la ayuda de hombres laicos, a los que se llamó "licenciados". Con este término no se significaba un grado académico, sino sólo lo siguiente: que hombres, fuertes e irreprensibles en la fe, después de una instrucción durante varias semanas, fueron designados para administrar la parroquia con determinadas funciones (por ejemplo: administrar el bautismo, asistir a los matrimonios, celebrar en los días festivos la liturgia de la Palabra, sepultar a los muertos, comunicar a los fieles la ocasión de la visita del sacerdote, la de la celebración de la Misa y la administración de los otros sacramentos).

La radical transformación de la estructura social creó para nuestros sacerdotes nuevas condiciones. En estas condiciones ellos han experimentado el valor del celibato en cuanto les aligeraba mucho el ejercicio de los deberes sacerdotales. Puedo añadir que ni siquiera el número de las vocaciones sacerdotales ha disminuido.

La abnegación no puede ser eliminada de la vida cristiana. El género humano quizá no tuvo jamás tanta necesidad de hombres que renunciasen a los bienes, incluso a aquellos del matrimonio. También en el comportamiento de la juventud de hoy se observa claramente que los jóvenes le atribuyen un valor a las opciones radicales. Y si hay una clase de personas que tiene también el deber de dar un testimonio del Evangelio en este mundo secularizado, entonces me parece que ante todo son los sacerdotes católicos los que están llamados a asumir con gran ánimo esta misión absolutamente urgente y absolutamente actual. Por todo esto permanezca firme la ley del celibato.

Mons. Francisco Kuharic,
Arzobispo de Zagreb (Yugoslavia)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Yugoslavia.

En la discusión totalmente teórica acerca de la armonía entre celibato y ministerio sacerdotal, proponemos firmemente que no sólo se admita el postulado que tal celibato sea vivido "en caridad siempre mayor", sino que sea también entendido como "aceptación de la caridad, la cual es específica por el reino de Dios".

Consideradas todas las razones teóricas y prácticas, pro y contra, estamos persuadidos de que con la abolición de la ley del celibato los problemas no se resolverían, sino por el contrario se multiplicarían bastante. En nuestra Conferencia hay dos obispos de rito oriental que tienen una parte del clero casado: aleccionados por la experiencia, ellos son fervientes defensores de la ley del celibato. ¡Hablan con la máxima sinceridad! Hay problemas que se resuelven sólo con una conversión auténtica. He hablado con libertad de conciencia.

Mons. Justino Diraviam,
Arzobispo de Madbitrai (India)

Hablaré en nombre de la Conferencia Episcopal de la India.

Respecto al celibato, conocemos los argumentos aducidos para defender el parecer, según el cual se quisiera dejar sólo como opcional, para cada uno, esta gravísima obligación. Ciertamente es cristiano manifestar comprensión hacia aquellos que en este campo se encuentran en graves dificultades. Al mismo tiempo, somos conocedores de cuánto lo estiman en India las personas de quienes somos sus ministros y también aquellos que no son cristianos. Sobre todo conocemos el valor que comporta la consagración total a Cristo Señor, la cual se manifiesta en aceptar esta renuncia "a la carne por el reino de los cielos, en seguir al Señor con amor indiviso, en ofrecer un testimonio de la resurrección del mundo esperada por nosotros, y en demostrar este amor en el abrazo a todos los hombres por Dios y por el amor de Cristo. Respecto a otras partes del mundo, donde existan dificultades en esta materia, estaremos profundamente de acuerdo con los hermanos si en algún lugar se mitiga ex officio (de oficio), la vigente ley del celibato. Esperamos e insistentemente pedimos al Señor que el gran valor del celibato para el sacerdote católico sea plenamente comprendido, estimado y cumplido en todas partes de la tierra.

Mons. Antonio Ribeiro,
Patriarca de Lisboa (Portugal)

Deseamos que en la Iglesia latina permanezca inalterada la ley del celibato. Ciertamente es necesario explicar las razones y los motivos de la mutua relación entre celibato Y sacerdocio y, este Sínodo debe sobre todo exhortar a los sacerdotes a vivir su sacerdocio con siempre mayor alegría y fidelidad, uniéndose a Cristo mediante una plena e irrevocable consagración. Antes de ser una ley, el celibato es un don de Dios que el sacerdote acepta libremente y con ánimo gozoso. Pero la ley mantendrá siempre su carácter pedagógico y protector del don del Espíritu: en efecto, por ella él queda defendido contra sí mismo en los momentos de las tentaciones y contra los otros que querrían poner a prueba su debilidad.

Mons. Luis Lorscheider,
Obispo de Santo Angelo (Brasil)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal del Brasil.

Mientras algunos consideran el celibato como una simple ley jurídica y humana, y por este motivo reformable, y discuten sólo acerca de su conveniencia pastoral, otros, por el contrario, creen que se deba actuar con la máxima prudencia en cuanto no está excluida la posibilidad de proceder contra la voluntad divina. Conocimiento más pleno de la voluntad divina sería aquel que la Iglesia latina, guiada por el Espíritu Santo, ha adquirido y abrazado mediante una consideración más profunda de las acciones de Cristo; de modo que si el celibato es considerado un carisma, no es un carisma personal sino de todo el cuerpo de la Iglesia, al cual no se podría renunciar sin infidelidad hacia el Espíritu.

Mons. Juan Joaquín Degenhardt,
Obispo titular de Vico de Pacato y auxiliar de Paderborn

El voto de la Conferencia Episcopal de Alemania es el siguiente: Manténgase la ley del celibato.

Los candidatos sean introducidos en la vida del celibato de manera más profunda mediante las ciencias teológicas, espirituales y antropológicas.

Mons. Lancellotto Giovanni Goody,
Arzobispo de Perth (Australia)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal australiana. En la parte doctrinal de este debate ya hemos hablado respecto al celibato. El Episcopado de Australia insiste fuertemente por la conservación de esta disciplina. En lo que se refiere a los aspectos prácticos, sin embargo, estamos dispuestos a escuchar con ánimo abierto las opiniones de los otros y a admitir una cierta pluralidad (especialmente acerca de la ordenación de hombres unidos en matrimonio) si por las circunstancias locales aquello parece una excepción deseable.

Permítaseme repetir: qué útil sería -confirmada la dignidad del matrimonio cristiano- explicar de modo más adecuado a la mentalidad de este tiempo y a la manera de pensar de la juventud moderna los argumentos a favor del celibato y darles a estos argumentos una forma nueva. Sin lugar a dudas los jóvenes de hoy están dispuestos a los sacrificios si es que comprenden y conocen bien las motivaciones y las razones.

Mons. Raúl Primatesta,
Arzobispo de Córdoba (Argentina)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal Argentina en relación a las materias de debate, sobre la actividad de los sacerdotes en el campo del trabajo y sobre el celibato.

Respecto al celibato, la Conferencia Episcopal renueva explícitamente cuanto afirmó en documentos oficiales para mantener plenamente el valor y la disciplina. Hoy parece más necesario que nunca el testimonio del celibato sacerdotal, sea corno signo escatológico en medio del materialismo y de la creciente sensualidad del mundo, sea por la particular fecundidad pastoral que de él procede, y porque al contrario, debilitar su vigencia de cualquier manera, sería destruir en gran medida la eficacia del apostolado y el sentido de la paternidad espiritual por la que el sacerdote se consagra totalmente a sus fieles. El celibato es un bien común de todo el pueblo de Dios.

Hay que lamentarse por las defecciones también entre nosotros; pero hay que señalar también que los sacerdotes están más inquietos por la presencia de la Iglesia en el campo social y político, y por eso mismo tienen más amplia capacidad de comprender el valor del celibato por aquella total entrega que se exige con tal presencia.

Mons. Emanuele Nuñes Gabriel,
Arzobispo de Luanda (Angola)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Angola.

Nuestra Conferencia se adhiere de todo corazón a la disciplina del celibato en la Iglesia latina, recibida desde hace ya tantos siglos y últimamente inculcada de nuevo por el Concilio Vaticano II y por el Beatísimo Papa Pablo VI en una encíclica.

No queremos ignorar las dificultades que obstaculizan a los hombres vivir una vida casta. Conocemos también las dificultades que los sacerdotes experimentan, y que nosotros también sufrimos, por practicar integralmente -mientras vivamos en el mundo sin ser del mundo- la ley del celibato. Conocemos también las doctrinas que invaden la tierra y las presiones que se ejercen para hacer que la Iglesia abandone su disciplina secular.

En esta aula ya se ha hablado mucho de la necesidad del celibato en la vida sacerdotal. Nosotros nos adherimos a esta doctrina, no por despreciar el estado matrimonial sino por los motivos expuestos en la Encíclica Sacerdotalis coelibatus.

Hay que lamentar que los medios de comunicación social desacrediten tan frecuentemente la ley del celibato, y no sabemos por qué motivo lo hacen. Más aún, es como para lamentarse que algunos sacerdotes divulguen estas noticias bajo un punto de vista de disputa, no sin escándalo del pueblo de Dios.

Como bien ha dicho el cardenal Landázuri, es necesario encontrar nuevas formas a fin de que el celibato sea tenido en gran estima tanto por los fieles como por los sacerdotes.

La sociedad en la cual vivimos, inclinada al secularismo, denigra el celibato y aquellas virtudes que implican la abnegación de uno mismo y cualquier clase de sacrificio.

Los sacerdotes que han sido reducidos al estado laical y han contraído matrimonio, deben ser excluidos para siempre del ministerio. Esta es la disciplina de nuestros hermanos de las Iglesias orientales, que debe ser observada también en la Iglesia latina.

Aunque sí es cierto que teóricamente no tenemos motivos por los cuales, en casos particulares, se deba impedir a los hombres casados recibir el sacerdocio, en la praxis nos parece todavía prematuro dar cualquier consejo definitivo.

Mons. Felipe Ngu Yen Kim Diem,
Arzobispo de Hue (Viet-nam)

En nombre de la Conferencia Episcopal vietnamita pido se me conceda proponer modestamente ante vuestra consideración algunas reflexiones sobre el sacerdocio y el celibato.

El fruto de una consulta realizada entre sacerdotes y laicos en nuestro país demuestra el deseo de todos de un sacerdocio célibe. Según la mentalidad de nuestro pueblo, católico y no católico, se requiere una disponibilidad constante y profunda y una entrega especial para el ejercicio del ministerio sacerdotal. Por ello también los no católicos tienen ministros célibes.

Se sabe por experiencia que las religiones que tienen ministros unidos en matrimonio, aún si laboran laudablemente, tienen poco éxito.

Desde hace ya tres siglos los laicos en nuestra región, elegidos por el consejo, son óptimos cooperadores de los sacerdotes y ocupan sus puestos en asuntos económicos, sociales, educativos, litúrgicos en las parroquias lejanas sin pastor.

Creo que sería muy bueno una discusión profunda y fecunda para poner el sacerdocio más claramente a la luz. Estos problemas prácticos son manejados con mayor facilidad si se define más abiertamente la "identidad del sacerdote" (Primero: sacerdote, ¿quién eres?, luego: ¿qué cosa puedes y debes hacer?).

Cardenal John Krol,
Arzobispo de Filadelfia de los Latinos (Estados Unidos de Norteamérica)

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos.

Nos agradó mucho la relación sobre cuestiones prácticas. En el segundo capítulo, bajo el título De coniuncta ratione agendi, entre otras cosas se encuentran estas dos proposiciones:

Primera: "Todas las organizaciones de la Iglesia así como su régimen jurídico tienden hacia una única meta, esto es reforzar y proteger la libertad de los hijos de Dios...".

Segundo: "Las relaciones entre el sacerdote y el obispo deben estar inundadas de una espíritu nuevo...".

La urgencia de estas proposiciones ha sido prolijamente ilustrada por las investigaciones psicológicas y sociológicas hechas bajo la guía de nuestra Conferencia. Aunque se habían hecho muchos estudios, hace cuatro años se comenzó una investigación amplia y científica sobre el ministerio de los sacerdotes. Las conclusiones extraídas de esta investigación, que han sido dadas a conocer justamente este año, son de dimensiones antes desconocidas y hasta ahora no superadas. Son de gran importancia porque resuenan con la máxima sinceridad en las voces de los mismos sacerdotes, sean seculares o religiosos -también en las de aquellos que abandonaron el ministerio activo sobre problemas de su vida y del ministerio. El análisis de las respuestas manifiesta las perfecciones y las imperfecciones que eran de esperarse en un estudio similar. Sin embargo, ofrece indicios válidos, de los cuales refiero algunos dignos de ser tenidos en cuenta de manera particular: esos son los concernientes a la libertad del sacerdote y la relación entre el sacerdote y el obispo.

En cuanto a la libertad personal, los presbíteros opinan que los seminaristas deben ser ayudados a desarrollar sus cualidades en beneficio de toda la Iglesia. Un método de formación tal sería útil al individuo en su personalidad. Una mayor libertad comportaría un grado más alto de responsabilidad que sería de gran provecho en la madurez.

En la vida misma del sacerdote tal libertad multiplicaría las posibilidades y las iniciativas del servicio ministerial, pero debería estar acompañaría de una mayor conciencia de tener que dar cuenta de cómo se cumple la propia tarea. Justamente con tal deseo de una libertad más amplia casi todos los presbíteros afirmaron reconocer al obispo como pastor principal y director en la diócesis. En general, los más jóvenes, en su mayoría, desean un obispo constante y firme en sus decisiones.

La exigencia de una mayor libertad se deja sentir igualmente respecto al problema del celibato en las encuestas. El ochenta y siete por ciento de aquellos que han respondido, esto es más de seis mil, reconoce su utilidad para la mayor eficacia del ministerio. Sin embargo, casi el cincuenta y seis por ciento piensa que el celibato debería dejarse a la libre elección personal de los sacerdotes seculares. Sólo el dieciocho por ciento afirma que seguramente o probablemente se casaría si el celibato se hiciese facultativo, o como se dice, opcional. Sólo el tres por ciento se confiesa dispuesto a dejar el ministerio activo para casarse. Entre los que han abandonado el ministerio activo, no más del treinta y seis por ciento muestran cierto deseo de reincorporarse al ministerio y de éstos sólo el diez por ciento, esto es menos del cuatro por ciento, ha expresado un cierto deseo de participar en el ministerio parroquial o en la enseñanza y querrían hacerlo a tiempo completo, es decir full time. Esto que la Comisión Internacional de Teólogos ha dicho de los jóvenes en general vale también para un importante número de sacerdotes en los Estados Unidos: la obligación del celibato sacerdotal les parece una restricción arbitraria de la libertad de la persona humana. Su aspiración apunta a lo siguiente: que en esta perspectiva de una mayor libertad de elección para los sacerdotes, el valor religioso del celibato resplandece más claramente ante los hombres. Si su deseo no es visto en este contexto, entonces ha sido muy mal entendido.

No obstante, el pensamiento de nuestra Conferencia es que el valor del celibato sacerdotal es hoy de gran importancia para la Iglesia y para toda la humanidad; por eso hay que conservarlo. Gran parte del problema del celibato parece ser el deseo de libertad y de una legítima autonomía humana. Para muchos sacerdotes falta algo muy importante en su modo de comportarse en relación a aquellos que en la Iglesia determinan y practican el modo de actuar. En aquel campo hay que poner algún remedio. Es legítimo desear una autoridad participada. Esta situación debe ser mejorada como prenda de fidelidad hacia nuestros hermanos en el sacerdocio de Cristo.

El mundo, sin embargo, experimenta en gran parte cuán difícil es encontrar el punto medio de la virtud entre el desprecio de la sexualidad humana y la esclavitud de las pasiones eróticas. Se necesita el ejemplo del aniquilamiento de Cristo, que puede ser dado de manera muy eficaz por los sacerdotes que -con un acto público libre- eligen un modo de vivir en el cual queda prefigurada la vida resucitada. En realidad el celibato es una voluntad positiva y permanente de renunciar al matrimonio por el reino de Dios. Inversamente, el celibato facultativo u opcional se presenta ante los hombres sólo como el estado de un hombre no casado que si quiere podría contraer matrimonio. El celibato elegido por el sacerdote según el ejemplo de Cristo, exige no menos que el matrimonio, asumir las cargas con una voluntad positiva y de manera permanente.

El mundo experimenta los obstáculos a los cuales se puede ser conducido por el Verbo encarnado, del amor de las cosas visibles al amor de las cosas invisibles. Pero muy grande es la importancia del testimonio para la vida futura, en la cual ya el presente tiene una influencia. En tal contexto nuestra Conferencia comprende y afirma que en la Iglesia latina debe ser conservada la tradición del celibato sacerdotal. Al mismo tiempo la Conferencia no está por una solución inmediata del problema en este Sínodo, sino por un estudio acerca de la oportunidad de ordenar sacerdotes a hombres casados de edad avanzada.

En cuanto a la relación entre el obispo y el sacerdote, hay una evidencia muy amplia, la cual certifica que tales relaciones deben estar permeadas de un espíritu nuevo. Acerca del modo con el cual debe ser vista la participación en la autoridad de la cual emanan las decisiones específicas, falta un acuerdo entre los sacerdotes. Este problema es, potencialmente, fuente de discordia y de crítica. Por eso, la necesidad de renovar y reformar las relaciones entre el obispo y el sacerdote amerita una consideración muy seria.

No debemos exagerar ni disminuir las tensiones y los problemas que han salido a la luz a través de las investigaciones sociológicas y psicológicas. Es, sin embargo, un gran consuelo aquél que está fundado sobre la experiencia recogida entre los mismos sacerdotes. El sacerdocio, al menos en los Estados Unidos, no vacila ni se encuentra cercano a un estado similar. La mayor parte de los sacerdotes afirman que estarían prontos a escoger de nuevo el sacerdocio si existiese la oportunidad de revivir lo pasado. Y éste es quizá un modo distinto de expresar su disponibilidad y de responder afirmativamente a la llamada de Cristo, es decir, seguir al Señor llevando juntos la cruz.

Cardenal Benjamín Cooray,
Arzobispo de Colombo (Ceylán)

Hablo de nombre de la Conferencia Episcopal de Ceylán y precisamente sobre el celibato sacerdotal.

El parecer de nuestra Conferencia es que debe permanecer inmutable la disciplina vigente sobre el celibato sacerdotal en la Iglesia latina.

Para evitar repeticiones quisiera expresar mi adhesión a los motivos en favor del celibato sacerdotal ya expuestos especialmente por el eminentísimo relator cardenal Tarancón y por el reverendísimo padre Heston (relator del círculo inglés B) y a las conclusiones prácticas del excelentísimo Santiago Coreoy de Zambia y del excelentísimo Henríquez Jiménez de Venezuela.

Permítaseme añadir algunas cosas.

Respecto a las Iglesias orientales, es digno de encomio su adhesión a la Iglesia católica universal a pesar de las numerosísimas pruebas: guerras, agitaciones sociales y opresiones políticas, persecuciones y cismas, y rendir honor a su propia disciplina, quizá no evolucionada como en la Iglesia Occidental por falta de libertad. Así también, la disciplina tradicional santamente conservada a través de los siglos merece ser no poco estimada, no sólo de parte de aquellas Iglesias antiguas, sino mucho más de parte de las Iglesias nuevas, no provistas todavía de una experiencia madura.

La escasez de sacerdotes es ciertamente un gran problema en algunas regiones. Puesto que la primera ley es la salud de las almas, se deben encontrar soluciones adecuadas. Todavía debe estudiarse mucho el ministerio de los laicos y el trabajo de los diáconos permanentes. Sería útil quizá buscar también qué cosa se puede hacer por medio de los instrumentos de comunicación social, especialmente radiofónicos y televisivos. Pero se debe examinar si la introducción de sacerdotes casados sea de veras una solución conveniente y eficaz. Según mi humilde parecer habría que dudar bastante. De hecho, según la opinión de los mismos orientales, los sacerdotes casados no pueden pasar de la mediocridad. Entre otras por las siguientes razones:

a) Los sacerdotes casados algo avanzados en edad no tienen el vigor de los jóvenes.

b) Por la misma razón difícilmente pueden realizar los estudios necesarios, al menos, por ejemplo, de teología moral para la administración del sacramento de la penitencia.

c) Impedidos por las preocupaciones familiares tal vez numerosas, tienen poco tiempo libre para desempeñar el ministerio sacerdotal.

Viene bien al caso aquello que ha escrito un autor francés: 40,000 sacerdotes en Francia y todavía se pierde la fe; pero, si existieran cuatro Curas de Ars toda Francia podría salvarse. Por eso, para que en un país la Iglesia eche raíces profundas (no un fundamento meramente superficial), se debe buscar la calidad más que el número de sacerdotes. El remedio verdadero, aunque es cierto que la vía es bastante estrecha, es el de promover óptimas vocaciones sacerdotales mediante sacerdotes bien enraizados en la vida sacerdotal, aunque sean pocos. Se podría, sin embargo, sostener que los sacerdotes casados serían siempre una excepción y los menos numerosos. Por lo tanto, está clara la respuesta: ¿se debe cambiar una herencia tan gloriosa de la Iglesia por algo de tan poco valor? (es decir, ¿por tener unos cuantos sacerdotes más?).

Existen también muchos peligros, por ejemplo:

a) En la antigüedad existían muchas herejías y cismas, de las que una de sus causas eran los sacerdotes ignorantes. El Concilio de Trento, con la institución de los seminarios, ofreció un remedio para evitar este peligro: el resultado es evidente por sus frutos. ¿No podrían surgir daños similares a aquellos de la antigüedad provenientes de sacerdotes poco instruidos?

b) Puesto que la elección de tales sacerdotes es un acto externo que, por ejemplo, debe ser hecha por el obispo antes que por iniciativa propia e interna de los mismos hombres casados, como sucede en las vocaciones de los jóvenes, se podrían ofrecer ocasiones de tensión y rivalidad y causar divisiones y facciones en la parroquia, por no decir enemigos entre las familias.

c) Se dice en inglés: The hurricane is not the time to renovate the roof (la tempestad no es el momento para renovar la estructura del techo). La Iglesia está en crisis: ¿es éste el momento más idóneo para cambiar una disciplina de la Iglesia tan venerable y mantenida a lo largo de los siglos?

d) Hay un peligro más grave aún. No estamos aquí para cambiar los decretos del Concilio Vaticano II sino para ponerlos en práctica. Ciertamente, el decreto del Concilio sobre el celibato, siendo sólo disciplinar, no está por ello dotado de infalibilidad dogmática y puede ser cambiado por el Sumo Pontífice. Pero nuestro deber no es abrir las puertas a nuevas incertidumbres, y quizá sin fin, sobre el mismo Concilio, cambiando decretos del Concilio emanados del Episcopado de todo el mundo bajo la guía del Sumo Pontífice, y eso apenas a los seis años de finalizado el Concilio. Si decretos tan solemnes debían ser considerados sólo transitorios ¿no se expondría quizá la Iglesia ante el mundo entero como objeto de risa?

La mente del Concilio, si no me equivoco, aparece clara por el hecho de que también el decreto sobre los diáconos permanentes casados fue publicado sólo después de haber sido protegido con muchas condiciones.

Por eso, si no obstante los motivos citados, en cualquier lugar se pidiese alguna vez cierta concesión, bastará que sea dada, a mi modesto parecer, mediante un rescripto ad tempus. Digo ad tempus, de modo que, bien organizado el asunto de una parte, y sin crear una costumbre nueva y distinta de la anterior, se deje la vía abierta para un regreso a la vida eclesial normal.

Finalmente, alguno se podría preguntar por qué se arroga el Sumo Pontífice el derecho de obligar a uno al celibato, siendo así que el mismo Jesús dejaba plena libertad. Respondo:

a) El Sumo Pontífice no fuerza al celibato a quienes no quieren.

b) El Sumo Pontífice, en cuanto sucesor de Pedro, tiene el deber de apacentar la grey: de ahí dimana el derecho y el deber de escoger los ministros más apropiados para realizar del modo mejor la propia misión.

Quisiera añadir que nuestra cultura oriental no se ha prestado la disciplina del celibato de la Iglesia latina, como dicen algunos. Entre nosotros, en Ceylán, por ejemplo, esta disciplina del celibato está en vigor desde hace más de dos mil años entre los jefes religiosos, esto es desde el tiempo de la difusión del budismo en el país el año 200 antes de Cristo. Y está tan profundamente arraigada en nuestra cultura cingalesa que el pueblo no comprendería nunca como los sacerdotes que son los hombres de Dios- puedan estar casados. La simple mención hecha recientemente por unos pocos sacerdotes jóvenes, embebidos de la mentalidad occidental, del deseo de sacerdotes casados, ha suscitado la risa entre los fieles y la mayor parte de los sacerdotes, cuyas cartas de protesta me han llegado hasta a Roma.

La disciplina del celibato, iniciada y muy recomendada por Cristo mismo, primero y único Sacerdote y Víctima de la Nueva Ley, alimentaría desde el tiempo de los apóstoles y de la Iglesia primitiva, santamente conservada a lo largo de los siglos, pero puesta en peligro en nuestros días al menos en la Iglesia latina, debe ser mantenida como ofrecimiento voluntario aceptado para la gloria de Dios, honor de la Iglesia y del sacerdocio de Cristo y por la salvación de las almas.

Cardenal José Malula,
Arzobispo de Kinsbusu

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal del Congo Kinshasa y mi intervención se refiere al sacerdocio y el celibato.

Ante todo permítaseme subrayar que la cuestión del celibato eclesiástico es un problema que periódicamente se vuelve de actualidad en la Iglesia latina. Las discusiones en torno al celibato eclesiástico y sobre todo en torno a lo que a nosotros más nos interesa, es decir, a la eventualidad de conferir el sacerdocio a hombres casados, ha ocurrido cada vez en circunstancias determinadas.

Si se considera la larga historia de la Iglesia de Cristo, sobre todo en lo que se refiere al nivel espiritual del pueblo cristiano y del clero, hay que afirmar que nuestro tiempo no se presenta entre los más relajados y más escandalosos, los menos santos y menos edificantes.

Tomándolo todo en consideración, excepto reconocer algunos "dejar correr", ciertos desenfrenos públicos, todo en conjunto se puede considerar como caracterizado por algunas virtudes positivas, hasta por un refinamiento de la conciencia que reclama exigencias particulares de vida. Y es así que la virtud como una búsqueda de la autenticidad de la vida delante de Dios y de la conciencia, el horror por la hipocresía, la aspiración a conocer verdaderamente la voluntad de Dios sobre nosotros y sobre su Iglesia impulsa, en buena parte, a pedidos como aquellos que estamos tratando aquí. Ni con temor ni con turbaciones, pero con sinceridad y fe en la Iglesia, en el Espíritu que guía la Iglesia y sus ministros, con la voluntad de total fidelidad a Cristo, nosotros debemos examinar el problema en las condiciones de la Iglesia contemporánea.

He aquí, a este respecto, la posición de la Conferencia Episcopal del Congo Kinshasa. En abril de 1970, a petición de Roma, los arzobispos del Congo fueron invitados a tomar posición acerca del celibato sacerdotal. Ellos respondieron que estaban íntimamente convencidos de las ventajas del celibato sacerdotal que empalma con la tradición de la Iglesia latina, y que continuaban ordenando sacerdotes solamente a los jóvenes que aceptaban lealmente y se comprometían, con conocimiento de causa, a vivir en el celibato consagrado y aceptado libremente.

Sin embargo los arzobispos añadían que, por inscribirse el tema del celibato en el contexto de la crisis general que la Iglesia vive en nuestros días, se declaraban dispuestos a aceptar la discusión sobre este delicado problema colegialmente, junto con los hermanos en el Episcopado de la Iglesia universal, en unión y bajo la autoridad del Santo Padre.

Entre tanto, en octubre de 1970 se reunió la asamblea plenaria del Episcopado del Congo. Uno solo era el tema en el orden del día: los problemas del clero. Tras el examen, el Episcopado se pronunció por el mantenimiento de los sacerdotes célibes como situación normal y forma de vida ideal para el presbítero. En consecuencia no se trata, ni jamás ha sido cuestión el abolir el celibato sacerdotal.

Una instauración bien hecha del sacerdocio casado, allí donde lo requieren las realidades pastorales, no perjudicará ni al florecimiento ni al número de vocaciones sacerdotales en celibato. En cambio, basándonos igualmente en la experiencia de varias Iglesias de oriente, pensamos que esa instauración no podrá sino acrecentar el número de ellos, fortificándolo, purificándolo y haciéndolo vivir en el modo elegido con más libertad.

Mons. Juan Jenko,
Obispo titular de Acufida, administrador apostólico "ad nutum Sanctae Sedis" para el territorio esloveno de Trieste y Koper (Yugoslavia)

El Consejo Presbiteral de la Conferencia Episcopal Yugoslava ha realizado una investigación entre los sacerdotes. Se hicieron en total ciento cuatro propuestas. Casi las tres cuartas partes de la totalidad del clero respondió a las preguntas. Cinco de ellas trataban del celibato.

Mis comentarios se refieren sólo a los resultados de la referida encuesta en el territorio de Koper en Yugoslavia, que cuenta con casi doscientos mil habitantes y ciento ochenta sacerdotes. Tres cuartas partes de la totalidad del clero diocesano respondió a la encuesta. Quiero referirme sólo a las observaciones que los sacerdotes hicieron a la pregunta: ¿Qué cosa hace más fácil o más difícil el celibato?

En mi humilde opinión las respuestas de los sacerdotes son útiles para conocer mejor su situación; muestran qué es lo que piensan y qué es lo que quieren. De los ciento veinticinco que respondieron sólo dieciséis se declararon en favor del celibato facultativo o no obligatorio. Esto, ciertamente, se debe a la influencia de las nuevas ideas que arrecian en el mundo.

Entre las causas más graves que hacen difícil el celibato se señalan: la soledad, la lejanía física o moral de los hermanos en el sacerdocio, el escaso contacto con los fieles, las divergencias con los superiores: párroco, arcipreste, obispo. En cambio, contribuyen a facilitar el celibato: la vida comunitaria, la actividad apostólica común, el frecuente contacto con los hermanos en el sacerdocio, las buenas relaciones con los fieles y con los superiores. De esto se hace evidente que la principal condición externa para observar el celibato es que el sacerdote se sienta bien en el lugar de su residencia y en el desempeño de su tarea.

Entre las causas internas que minan el compromiso del celibato, se señalan: la carencia de fe, la ausencia de la meditación cotidiana y de la oración, la pérdida de una visión sobrenatural de la vocación sacerdotal. Todos estos factores hacen más difícil el celibato. Mientras que una fe sólida, la meditación diaria, el espíritu de oración ayudan por el contrario a la vida célibe.

Algunos sacerdotes dicen que el espíritu mundano es enemigo de la vida sacerdotal. El celibato exige muchas renuncias, las que horrorizan al mundo. Se pueden citar por otra parte las siguientes causas que constituyen también un estorbo para la observancia del celibato a quien cultiva una vida interior profunda y está acostumbrado a la mortificación y a los sacrificios: el sacerdote en su actividad pastoral saborea frustraciones, tiene la sensación de ser rechazado por la sociedad civil, sufre dudas acerca de su identidad sacerdotal. Por las dificultades y la carencia de comunión fraterna de parte de los hermanos en el sacerdocio y de los superiores, el sacerdote se desanima fácilmente, y en este caso se expone a la tentación de encontrar consuelo en un vínculo distinto.

En la actualidad también contribuyen a hacer más difícil el celibato los instrumentos de comunicación social, la prensa, la radio, la televisión, el cinema, la moda desvergonzada del vestir. Todo esto tienta al sacerdote. El mismo hablar y disputar frecuente sobre el celibato, tantos casos tristes de defecciones sacerdotales lo hacen difícil. Se exalta demasiado la importancia del matrimonio; se habla del maniqueísmo más que lo conveniente; y se acusa a la historia pasada de la Iglesia de estar manchada de este mal. Se presenta el placer como un bien decoroso independientemente de las obligaciones. Algunos psicólogos afirman que sólo el hombre casado y que ha hecho la experiencia del matrimonio es un hombre perfecto. Todas estas cosas debilitan el entusiasmo de las almas por el celibato y destruyen la esperanza existente hasta ahora respecto a éste. Se dice que algunos candidatos accederían al sacerdocio con este propósito: si no puedo observar el celibato, dejaré el estado sacerdotal.

Actualmente muchos sacerdotes, especialmente jóvenes, demandan excesiva libertad, llevando sólo ropa civil, buscando la compañía de jóvenes y de muchachas. Con frecuencia tal compañía mixta la encuentran en ocasiones de excursiones y de trabajos comunes. Es evidente que así pueden poner en peligro el celibato. Al respecto se habla también de una educación menos idónea para la vida sacerdotal impartiría en los seminarios y en las facultades de teología. Es clarísimo que se concibe un matrimonio sin restricciones y perfecto. Pero poco se enseña que en el matrimonio pueden suceder dificultades de diverso género, especialmente en la educación cristiana de los hijos.

Para el sacerdote secular, que por lo general debe vivir en una parroquia rural, solo, sin hermanos sacerdotes, es de gran importancia la sirvienta de la casa o la así llamada "perpetua". Si se puede encontrar una mujer de edad conveniente y de carácter equilibrado, ésta puede serle de gran ayuda. Pero ayudantes similares se encuentran hoy a duras penas, porque los trabajos en el mundo les permiten ganar mejor. Es de desear que se pueda fundar un instituto secular para realizar tal tarea en las casas de los sacerdotes.

Una mirada a las respuestas dadas me hace recordar que las ideas peligrosas procedentes del Occidente son trasplantadas muy rápidamente a nuestras regiones. Para la divulgación de ideas acerca de una vida más cómoda no hay límites ni derechos de importación. Del todo gratuitamente se asegura que algunas costumbres especiales pueden ser permitidas tan sólo en determinada Iglesia particular, sin tener en cuenta a las otras Iglesias particulares.

La condición de la Iglesia en nuestra zona es en este momento quizá mejor que la de la Iglesia en algunas zonas ricas, pero la diferencia va disminuyendo aceleradamente. En más de veinte años sólo algunos sacerdotes en el citado territorio han dejado el estado sacerdotal. Entre los sacerdotes jóvenes y especialmente entre los clérigos, ya se nota un espíritu penetrado de peligrosas ideas modernas. En los últimos años las vocaciones están disminuyendo rápidamente. Eso se puede atribuir en parte a la escuela marxista, a la propaganda contra la fecundación y en favor de la limitación de la natalidad y a la disminución de los nacimientos.

a encuesta a la cual nos referimos lleva a esta doble conclusión:

a) si las condiciones externas del sacerdote son convenientes y sanas, el celibato se observa con más facilidad; b) una ferviente vida espiritual es el fundamente interno necesario de la vida sacerdotal en celibato.

La doctrina cristiana es y seguirá siendo la fe en Cristo crucificado. Contra el espíritu mundano de la comodidad y del placer del cuerpo no se puede encontrar una solución en el relajamiento y en el abandono de la ley del celibato, sino más bien en la afirmación de la vida sobrenatural. Contra las dudas y los puntos oscuros en la doctrina de la fe se debe exponer la verdad clara y auténticamente proclamada. Contra los contestatarios de toda especie, la autoridad y el magisterio de la Iglesia deben ser evidenciados como un servicio que se presta a toda la Iglesia para remediar la intensidad de la actual crisis de fe.

Mons. José Emanuel Santos Ascarza,
Obispo de Valdivia (Chile)

Teológicamente no existe un vínculo necesario entre el celibato y el sacerdocio. Sin embargo, motivos válidos militan por su conveniencia sancionada por una antigua ley eclesiástica en asunto de tal importancia. Durante muchos siglos la Iglesia latina movida por el Espíritu Santo, ha visto en el carisma del celibato la señal para reconocer la vocación de los aspirantes al sacerdocio. La Iglesia ciertamente puede cambiar esta praxis, pero para abolir una tradición tan antigua necesita basarse no sobre argumentos románticos, como tan a menudo se han escucharlo en el aula, sino sólo sobre el signo de la obediencia al Señor, el único a quien le corresponde trazar el camino de la Iglesia, y con señales claras. El camino permanece abierto, pero solamente para el bien de toda la Iglesia, al menos de la latina de la cual estamos tratando, y no para aportar remedios en casos particulares. Sabemos, como afirmaba el cardenal Suenens, que no pocos son los hombres casados que quisieran verse honrados con el sacerdocio, pero no sé con qué fundamento se pueda hablar de derecho a recibir la ordenación, cuando esto es un don del Señor el cual llama a quien él quiere. Hemos escuchado también a un obispo misionero que se preguntaba cuál sería el estado de su diócesis si hubiese tenido misioneros no de Europa sino del Oriente. Al mismo tiempo me viene a la memoria un asunto distinto: ¿por qué el encargo de anunciar el Evangelio ha sido asumido por los misioneros célibes y no por los casarlos? Si se hubiera tenido que esperar la llegada de éstos ¿no estaríamos todavía sumidos en las tinieblas del paganismo? Por lo demás, tal disputa, al menos al inicio, no ha sido movida por laicos casados sino por los mismos sacerdotes.

Mons. Deodato Yougbare,
Obispo de Koupela en el Alto Volta

Tomo la palabra en nombre de la Conferencia Episcopal del Alto Volta-Niger.

Nuestra Conferencia Episcopal defiende decididamente el mantenimiento de la ley del celibato sacerdotal en la Iglesia latina, en conformidad con las decisiones del Concilio.

Al leer la abundante literatura que llega hasta nuestros países sub-desarrollados, tenemos la penosa impresión de que se está conduciendo con grandes sumas de dinero una especie de cruzada para liberar a los presbíteros del vínculo del celibato, el cual sería inadmisible, injusto, inhumano. Con agrado es presentado como vencedor de todas las victorias el presbítero que casi exhausto de aliento espiritual, ha arrojado al fuego los compromisos solemnes de su sacerdocio, no obstante que sería tan fácil a las almas caballerosas encontrar en otro lugar, distinto al caso de los presbíteros, situaciones realmente intolerables que merezcan una campaña de liberación. Pensemos en las esclavitudes de todo tipo causadas en el mundo actual por las formas de miseria: el hambre, la emigración, la pobreza, el sub-desarrollo, la enfermedad. Incluso en los países ricos se encontrarán, sin lugar a dudas, personas necesitadas a las que una indigencia extrema obliga a vivir como eunucos, porque no tienen los bienes indispensables para llevar a cabo un matrimonio. Estos son los que se hunden en un celibato forzado, pero no así el presbítero que ha elegido libremente y deliberadamente su estado de vida. Su elección es quizá una locura a los ojos de los sabios y prudentes de este mundo. Permanece firme la realidad que el cristiano es libre de seguir a su Cristo en la locura de la cruz y de llegar hasta ese punto en el cual la fe, el amor y la gracia, unidos en conjunto, dan al hombre la voluntad y la fuerza de hacerse eunucos por el reino. Y si se debe hablar siguiendo una lógica humana, nosotros pensamos que los riesgos asumidos por el presbítero célibe no son más temibles que aquellos aceptados en el matrimonio.

|El joven que se compromete al celibato por el reino en la expectativa del nuevo mundo futuro y para estar totalmente disponible al servicio de sus hermanos en el mundo presente, realiza un acto de valentía y de decisión que merece la admiración y el apoyo de todo el pueblo de Dios, al igual que el soldado en el campo de batalla merece los elogios y los estímulos de la patria. Si desgraciadamente los presbíteros disminuyen en número (cosa que sucede sólo en una modesta proporción) eso no significa que el camino emprendido por ellos sea malo: significa solamente que el hombre permanece siempre vulnerable. Y la batalla de la fe también tiene sus derrotas.

Se dice aquí y allá que esta ley del celibato ha sido impuesta por la Iglesia de Occidente por motivos que no tienen nada que ver con el Evangelio, únicamente en la preocupación de aplicar los principios del Antiguo Testamento sobre la pureza legal y bajo el influjo de las concepciones maniqueas, platónicas y estoicas. ¿Se quisiera que la Iglesia de Dios cambiase ahora su disciplina para responder a la propaganda insolente de un innegable mundo consumista? La renuncia a los gozos y a las ventajas de la vida conyugal constituye una forma excelente de esta pobreza evangélica, cuyo testimonio es hoy tanto más necesario.

El Concilio Vaticano II ha reafirmado claramente la legislación de la Iglesia sobre el celibato de los presbíteros. Nosotros tenemos el deber de estar atentos a aquello que el Espíritu le dice a la Iglesia: no podemos esperar que el Espíritu nos hable más y mejor que en un Concilio.

Mons. Juan Kwao Amuzu Aggey,
Arzobispo de Lagos (Nigeria)

La Conferencia Episcopal de Nigeria considera que la disciplina del celibato sacerdotal debe ser absolutamente mantenida en su integridad. Entre otras razones son dignas de mencionar las consecuencias negativas que derivarían si la disciplina del celibato fuese cambiada. Por ejemplo: los laicos quedarían negativamente maravillados; los religiosos y las religiosas querrían también ellos contraer matrimonio; el sacerdocio católico sería ridiculizado en algunos lugares; el dinero de la Iglesia sería encaminado a numerosos sobrinos y parientes; jóvenes generosos que siempre son numerosos en el mundo, no ingresarían al seminario, y teólogos católicos poco a poco elaborarían argumentos a favor del divorcio, del aborto y hasta de la poligamia, etc. etc.

La opinión general en Nigeria está sólidamente a favor del celibato sacerdotal. Y nosotros, humildemente, no queremos importar de otras naciones crisis y soluciones.

Creemos, por lo tanto, que la disciplina del celibato sacerdotal deba ser conservada. Este santo Sínodo debe dar sobre este tema una respuesta clara y definitiva, a fin de que los seminaristas y algunos sacerdotes, que alimentan la esperanza del matrimonio, se pongan frente a la realidad de la situación. La actual condición de inseguridad y de discusión no anima, más bien es nociva. Un sacerdote de nuestro país dijo el mes pasado: "La nueva iniciativa del presbítero casado es una pura propaganda. Yo pienso que un nuevo verdadero amor sea una buena propuesta. Es como agregarse una nueva esposa o una concubina de la que pronto se divorciará".

Mons. Ignacio A. Hayek,
Patriarca de Antioquia de los Sirios

Las tradiciones del Oriente y del Occidente son con frecuencia diferentes. Es así que en Occidente la Iglesia latina ha impuesto el celibato a los sacerdotes mientras que en Oriente el matrimonio de los presbíteros es admitido por las Iglesias orientales, las cuales sin embargo reconocen -al igual que la Iglesia latina- no la superioridad del sacerdocio célibe sobre el sacerdocio casado, porque no existe sino un solo sacerdocio, pero sí la superioridad del celibato libremente aceptado por el reino de los cielos en relación al estado matrimonial. Es en este sentido que el Vaticano II ha declarado: "El celibato tiene una consonancia múltiple con el sacerdocio. Observando la virginidad o el celibato por el reino de los cielos, los sacerdotes se consagran a Cristo en modo nuevo y privilegiado; ellos están más libres para dedicarse, en él y por medio de él, al servicio de Dios y de los hombres, más disponibles para servir a su reino, etc.".

Por esto la Iglesia siria de Antioquía, que tengo el honor de representar, tiene un clero célibe, no monástico, que existe en ella desde hace casi un siglo. Ella no tiene en nuestros días sino seis sacerdotes casados. Además, nuestro Sínodo siriaco de Charfet, tenido en el Líbano en el año 1888, y que marca una fecha importante en nuestra historia, ha impuesto el celibato en estos términos: "A pesar de que los romanos pontífices no hayan condenado la disciplina de los orientales, que les permite a los diáconos y a los presbíteros permanecer con sus esposas, ni hayan prohibido sus costumbres, sin embargo este Sínodo ordena y establece que el celibato ahora observado por la mayor parte de los presbíteros de nuestra Iglesia, sea común a todos...".

Por lo demás, nuestra Iglesia ha prohibido siempre el matrimonio después del sacerdocio y las segundas nupcias después de la viudez.

Sin embargo, añade nuestro Sínodo: "Este Sínodo no prohíbe a los presbíteros y a los diáconos que el día de hoy están casados permanecer con sus esposas. Asimismo, este Sínodo faculta al patriarca permitir, en caso de necesidad, que sea promovido al orden superior el clérigo casado y que pueda continuar cohabitando con la esposa".

Por eso, nosotros, con los venerables obispos consultados en el Sínodo reunido en Beirut en el mes de mayo de este año, estamos por el mantenimiento de nuestra tradición en el sentido señalado por nuestro Sínodo de Charfet, tradición mantenida por otra parte en la codificación oriental y respetaría por el Vaticano II.

No obstante algunas dificultades, se puede decir que la situación es aceptable. El clero célibe y el clero casado viven en paz cerca de nosotros y todos tienen en vista sólo el servicio de las almas.

Si por la situación propia de nuestra Iglesia nosotros pensamos conservar nuestra tradición, no estamos menos conscientes de la obligación grave que nos toca: vigilar para una mejor formación clerical de los sacerdotes casados y asegurarles a ellos un buen sustento.
¿Se puede decir que lo mismo sucedería en Occidente y que la situación sería aceptable si el sacerdocio fuese conferido a hombres casados?

Nosotros, por nuestra parte, proponemos dar a las Conferencias Episcopales la facultad que nuestro Sínodo dio al patriarca. Las Conferencias Episcopales seguirían siendo árbitros en sus países de conceder el sacerdocio a hombres casados en el caso de "necesidad pastoral. La necesidad de la Iglesia es el motivo más válido, por no decir el único, para que el Occidente se acople a la tradición del Oriente.

A los padres del Sínodo que conocen bien la situación de sus países y la mentalidad de sus fieles, corresponde juzgar la oportunidad de nuestra propuesta, que no pretende de ningún modo ser una solución fácil a la falta de fe o a la relajación de costumbres, sino una solución requerida por la carencia de sacerdotes y por la solicitud pastoral.

Es evidente que esta propuesta no sería oportuna, si con ella se favorecerá la escalaría que ya se sabe, es decir, hacer extender los casos de necesidad a todas las diócesis sin distinciones y una vez ciado el paso, permitir el matrimonio de todos los presbíteros, hasta el de aquellos que están definitivamente obligados al celibato, y que continúen ejerciendo su ministerio.

Sería catastrófico si la admisión de hombres casados al sacerdocio debiese apoyar la teoría de aquellos que quieren reconducir el sacerdocio a sus justas dimensiones y que son, según esta teoría, puramente funcionales.

De todas formas el documento que el Sínodo prepara sobre el sacerdocio debe pronunciarse con claridad y precisión tanto sobre las cuestiones que son de fe, como sobre aquellas otras que no lo son, pero que deben ser mantenidas y esto contra todos los que reclaman un nuevo tipo de sacerdote para los nuevos tiempos y creen que los hombres de hoy no tienen ya necesidad de sacerdotes que vivan en el celibato. Quisiéramos también que este documento rindiese homenaje a la mayoría de sacerdotes que confiando en la gracia de Dios han aceptado libremente el celibato, permanecen fieles a sus compromisos y se dedican con serenidad y dignidad al servicio de las almas. La santidad de los sacerdotes de hoy es la que incrementará el número de los sacerdotes de mañana.

Cardenal Antonio Poma,
Arzobispo de Bolonia

a) Nosotros debemos buscar siempre una norma pastoral, especialmente en un período de tiempo posterior al Concilio Vaticano II, el cual hasta en la exposición de la doctrina se circunscribió a una motivación de carácter pastoral. El criterio pastoral consiste en proponer al pueblo de Dios y a todos los hombres las cosas que mayormente son útiles para la salvación, no genéricamente, como es evidente, sino según la condición actual de los hombres y de la Iglesia.

Para el sacerdocio ministerial el motivo pastoral hay que encontrarlo en su propia misión, expuesta y explicada por el Concilio, tenida presente principalmente la evangelización. Si hoy insistimos con más precisión en la misión profética, no es porque la función cultual languidezca; es más, se ha de considerar a la liturgia como "la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de dónde proviene toda su energía".

Más bien, en nuestro tiempo, han sido operadas una conexión y una síntesis, por lo cual con una cierta razón profunda se dice convenientemente: "La palabra se agrega a la materia y se tiene el sacramento".

Si la palabra de Dios se presenta con claridad, la acción sacramental se cumple en la fe y en la caridad, para que los fieles se hagan "concordes en el amor" y "observen en la vida cuanto han recibido con la fe".

La estima y credibilidad del ministerio de la Palabra depende de la inserción que tenga en la vida del sacerdote y de la misma comunidad. En este sentido se piensa que sólo debido a esta conformidad la Iglesia se hace creíble. Por eso nos preguntamos si hoy, para promover con más eficacia el anuncio de la palabra de Dios, sea verdaderamente útil la disciplina del celibato sagrado.

b) Sería provechoso recordar que el celibato sacerdotal no consiste simplemente en un tipo de vida negativa y extrínseca; es un acto de caridad con el cual el sacerdote se consagra a Cristo para la salvación de los hermanos. Esto se realiza "por el reino de los cielos" para que el sacerdote busque con mayor solicitud "las cosas que son del Señor... cómo puede agradar a Dios".

Por eso no es sólo un ofrecimiento humano y religioso sino evangélico, enraizado en el ejemplo y en la palabra de Cristo, el cual invitó a los Apóstoles a dejarlo todo para seguirlo. Eso se hace en favor de los hermanos, de modo que Pablo pudo decir: "Pues siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos, para ganar a muchos".

c) No podemos olvidar que muchas veces en la historia de la Iglesia se ha planteado la cuestión del celibato. Una rápida investigación histórica podría decirnos cuáles fueron los motivos alegados en el pasado para proponer esta cuestión en modo positivo o negativo.

En este recorrido histórico, se puede aprehender más fácilmente que la cuestión ha sido propuesta y debatida en circunstancias ciertamente diversas, pero jamás separadamente de otras cuestiones. Alguna vez la oposición nace del relajamiento de las costumbres, alguna vez de una agresión al mismo ministerio sacerdotal, otras veces de un cierto motivo de humanidad.

También en nuestro contexto histórico la diagnosis es de una cierta importancia, porque no falta en nuestra sociedad actual una relajación de costumbres y no falta en la Iglesia una merma de la doctrina del sacerdocio. Pero es necesario cuidar más bien al movimiento contrario hoy y en la historia, y la evolución positiva de la renovación en la profesión del sagrado celibato. Después de las dificultades en el período del Renacimiento, como se le llama, y de la Reforma, y no obstante la turbación de los espíritus y los choques polémicos, hubo un tiempo en el cual el sacerdocio ministerial alcanza poco a poco un tal florecimiento que algunos afirman que alcanzó en la Iglesia vértices quizá nunca conquistados. Dejemos el juicio a los cultores de la historia, pero el esfuerzo fue verdaderamente ingente y perseverante; no faltaron los frutos en la renovación espiritual de toda la comunidad. Eso fue un ejemplo de la renovación pastoral gradual obtenida por medio de la residencia de los obispos y de su actividad ejemplar, del celo de los párrocos en el empleo de la catequesis, particularmente por la institución de los seminarios, el culto eucarístico, la influencia de la santidad de los obispos y de los sacerdotes.

Ciertamente no basta el recurso a la renovación de la vida espiritual y a la cooperación comunitaria. Se plantea el problema más concreto y urgente de la disminución numérica actual de los sacerdotes. Pero el problema no se resuelve con la abolición del sagrado celibato, como se confirma por una experiencia distinta, aquella de los lugares donde no rige la ley del celibato. Se trataría, ahora, no de introducir una nueva ley sino de abolir una ley secular con la cual el sacerdocio ministerial floreció más abundantemente en la Iglesia. Las defecciones actuales de algunos sacerdotes no dependen de la existencia de esta ley, como es claro, por ejemplo, de la análoga dificultad de la vida religiosa. La causa es, pues, más profunda.

Mons. Miguel Gonzi,
Arzobispo de Malta

Hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Malta. Hoy, ya sea entre los ministros sagrados, especialmente jóvenes, ya sea entre personas y grupos de todo tipo de nuestra sociedad, se discute con frecuencia acerca del celibato de los sacerdotes; y el clero, así como también numerosos laicos, espera con ansia que el Sínodo que estamos celebrando establezca algo de manera clara y definitiva, ya sea sosteniendo de todos modos el celibato o mitigándolo de alguna manera.

De otro lado el Sínodo no podía desentenderse de una cuestión tan importante y por eso también nosotros, miembros de las conferencias episcopales de la Iglesia universal, hemos solicitado hacer una investigación y un examen de la situación de nuestras Iglesias respecto a esta materia y particularmente sobre cómo nuestro clero piensa acerca del celibato.

Y esto ha sido realizado por casi todas las conferencias episcopales.

No se puede negar que varios de los miembros del clero, especialmente jóvenes, llamados por Dios y consagrados al sacerdocio, y también muchísimos no pertenecientes a la categoría de sacerdotes, no aprecian suficientemente el nexo existente entre el celibato y la vida sacerdotal. Por otro lado la consagración al ejercicio del ministerio sacerdotal pone de relieve el motivo del sagrado celibato. "El celibato dice el cardenal Höffner- observado por el reino de los cielos, a pesar de que no es exigido como un elemento esencial, tiene una múltiple conveniencia para, el sacerdocio.

Hoy, unos cuantos son contrarios al sagrado celibato porque la fe y la caridad se han enfriado en ellos. En efecto, mientras más disminuye la fe y se enfría la caridad, tanto más aumenta la oposición a la virginidad consagrada y al sagrado celibato, cosa que desgraciadamente vemos verificarse en muchas de nuestras zonas. Además hay que reconocer que la secularización y la idolatría del sexo que emergen más o menos violentamente por todas partes, ponen el celibato sacerdotal en gravísimo peligro.

Pero -dicen los favorecedores de la abolición del celibato- la escasez de sacerdotes necesarios para asistir a las parroquias en algunos países, aconseja que la disciplina de la Iglesia latina sea cambiada y sean admitidos sacerdotes casados.

Según nuestro parecer, la concesión del matrimonio a los sacerdotes no podría de ninguna manera remediar la escasez de sacerdotes. En los países y entre las confesiones protestantes, en los cuales hasta a los mismos obispos se les permite contraer matrimonio -por ejemplo en Inglaterra- se tiene la misiva insuficiencia de sacerdotes que en la Iglesia católica.

Por otro lado, aún si por un cierto tiempo fuese posible que el número de sacerdotes creciese con la abolición del celibato, sin embargo, con el correr de los años el perjuicio emergente sería más grande que la utilidad, porque en la vida de la Iglesia aumentaría siempre más la tendencia a obedecer a la así llamada ,ley de la costumbre, que ya ahora parece casi omnipotente y que ha acarreado hasta este momento daños más que suficientes.

No faltan asimismo aquellos que por sostener sus demandas en pro del clero casado, aducen el ejemplo de las Iglesias orientales. Pero, en primer lugar, de todo lo que hemos oído de la jerarquía de las Iglesias orientales, muchas cosas se tornan en favor del celibato; y luego, la disciplina de aquellas Iglesias no puede constituir un ejemplo válido para nosotros, porque se trata de una institución antiquísima, que no ha nacido absolutamente de un reclamo obstinado o de cualquier influencia de opiniones en boga, o de propaganda de los llamados grupos de presión.

En fin, el celibato significa y realiza la plena dedicación del sacerdote a Cristo y a las almas y hace disponible al sacerdote, de modo que él pueda responder adecuadamente a las necesidades del ministerio pastoral que aumentan de día en día. No hay nadie que no vea que hoy, más que en los tiempos pasados, el sacerdote deba gastarse a sí mismo y lo que le pertenece, alma y cuerpo, fuerza y tiempo, para ejercer convenientemente la misión de buen pastor. Pero, ¿cómo podrá -observan oportunamente algunos- un sacerdote casado atender a las necesidades de tantas almas si debe preocuparse del cuidado y del mantenimiento de la esposa y de los hijos?. Por eso, en nuestra opinión, el celibato debe ser conservado tal como es ahora.

No creemos, sin embargo, que por esto se deba excluir absolutamente que en algunos países, en los cuales desde hace ya tiempo las condiciones son angustiosas por las múltiples necesidades pastorales, que hombres casados puedan ser admitidos al sacerdocio. Pero en todo caso el hecho debería ser considerado como excepcional y ser realizado de manera que no exceda los límites de la necesidad, del tiempo y del lugar. Por eso la cuestión no debe resolverse mediante la decisión de sólo Iglesias particulares, sino debe ser reservada a las deliberaciones y al examen de toda la Iglesia a la cual es necesario que le corresponda establecer las condiciones.

Además, para que sea mejor valorizada la naturaleza y la importancia del celibato y los candidatos y ministros lo acepten y lo vivan con mayor plenitud, es necesario que al formar a los candidatos al sacerdocio la espiritualidad sacerdotal sea colocada a plena luz, y a dichos candidatos -a muchos de los cuales les falta todavía la experiencia que demuestre como el sacerdote con la sincera donación de sí mismo hecha a Cristo, puede encontrar su identidad y ocupar su propio puesto y desempeñar su tarea en la sociedad de hoy.

Como bien observa en su relación el cardenal Höffner, "el oficio de ministro no puede ser considerado como una ocupación accidental o una calificación accesoria de menor importancia".

Cualquiera sea la decisión de la Iglesia sobre este problema, ella será saludable y fecunda sólo si los motivos, tanto evangélicos como pastorales, son claramente comprendidos y valorizados.

El mantenimiento del celibato sagrado, como se tiene actualmente, quizá alejará a algunos jóvenes de abrazar el sacerdocio, pero creemos firmemente en la providencia de Dios, que no abandonará a su Iglesia y le dará siempre sacerdotes santos y activos, según las necesidades.

Cardenal José Parecattil,
Arzobispo metropolita de Brnakulam de los Malabares (India)

Quisiera hablar en nombre de nuestra Conferencia Episcopal Siro-Malabar de rito oriental en India.

En nuestra Iglesia malabar está vigente la ley del celibato y la mayor parte de los sacerdotes desea que esta disciplina continúe siendo válida. También los laicos son casi unánimes en desear que se conserve y no quieren que a su servicio estén hombres casados.

Todavía no hay escasez de sacerdotes en nuestra Iglesia. Tenemos muchas vocaciones tanto para el estado clerical como para la vida religiosa. Según estadísticas recientes el sesenta por ciento de los sacerdotes y el setenta y siete por ciento de las hermanas en toda la India proceden de nuestra región, el Kerala, y la mayor parte de estas vocaciones provienen de nuestra comunidad.

La abundancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa puede considerarse una señal, aunque no la única, de la vitalidad de todas las Iglesias particulares.

La vida familiar cristiana, el ejemplo de los padres, la oración cotidiana, especialmente la recitación del santo Rosario, la frecuencia de los sacramentos, la instrucción religiosa en las escuelas católicas y otras iniciativas más contribuyen muchísimo a alimentar e incrementar las vocaciones, como consta de nuestra experiencia.

Si la ley del celibato fuese abolida, significaría ciertamente un retroceso para nuestra Iglesia particular, pues esto tendría un reflejo en toda la vida cristiana, y es más, causaría una disminución de las mismas vocaciones. Quitando el celibato disminuiría el aspecto de heroicidad en la vida sacerdotal y por ello, tal estado ejercería sobre los jóvenes una atracción menor.

Sin peligro de vanagloria se puede decir que la Iglesia malabar ocupa un honroso puesto entre las Iglesias orientales y esto parece que pueda atribuirse a la disciplina del celibato sacerdotal. Con esta afirmación no pretendo criticar en lo más mínimo la diversidad de disciplinas que por motivos legítimos, fundamentados en la historia y en la tradición, está vigente y es gloria en las otras Iglesias orientales.

Generalizando, se puede atribuir al celibato de sus sacerdotes la vitalidad de toda la Iglesia católica como lo dijo una vez Mahatma Gandhi: "El celibato de los presbíteros es lo que conserva joven a la Iglesia católica".

Admitido esto quisiera presentar las resoluciones aceptadas por unanimidad por nuestra conferencia respecto a tales problemas:

a) la ley del celibato debe ser mantenida irrestrictamente en nuestra Iglesia;

b) en las regiones que padecen por escasez de sacerdotes pueden ser promovidos al estado presbiteral hombres probados y convenientemente instruidos, aunque estén casados.

Mons. José Cordeiro,
Arzobispo de Karachi, relator del círculo menor de lengua inglesa A

El círculo desea que la presente ley sobre celibato permanezca vigente. Pero recomienda sentidamente que el valor y la motivación del celibato sean presentados de manera positiva.

Mons. Enrico Bartoletti
Arzobispo titular de Mindo, administrador apostólico "sede plena" de Lucca, relator delcírculo menor de lengua italiana

Todos los padres de nuestro círculo menor, no sólo exaltan unánimes en su valor al celibato por el reino de los cielos, sino creen que la disciplina actual de la Iglesia latina no sólo deba ser confirmada integralmente, sino más bien reforzada con muchos argumentos nuevos, es decir, renovada.

En efecto, en el mundo de hoy en el cual crece el secularismo y el hedonismo, el celibato sacerdotal es un testimonio tanto más necesario y eficaz de un radical seguimiento de Cristo, libre y pleno, de una donación de la vida al servicio de los hombres, de la sublimación del amor y de la fidelidad.

Pero debido a que el celibato en las condiciones socioculturales de hoy es practicado con mayor dificultad y su valor positivo no es fácilmente entendido por todos, los sacerdotes deben ser constantemente ayudados con estructuras pastorales más idóneas, con una comunión humana y espiritual del presbiterio, pero sobre todo con la comprensión de la comunidad cristiana, con la oración y el amor.

Mons. Octavio N. Derisi,
Obispo titular de Raso, auxiliar de La Plata, (Argentina), relator del círculo menor de lengua español-portuguesa A

a) Como Cristo se consagró totalmente y se inmoló sobre la cruz en obediencia a su Padre por la salvación de las almas, así el sacerdote, su ministro, debe consagrarse e inmolarse a Dios por el pueblo. De esta consagración e inmolación total por el reino de los cielos, con la cual restituye la presencia de Cristo en la Iglesia y en el mundo, es signo y expresión el celibato sacerdotal.

b) Nuestro círculo considera que los argumentos habituales y los recientes que puedan ser encontrados deben proponerse de manera nueva conforme a las circunstancias actuales, para que el celibato se muestre en toda su validez y necesidad para el mundo de hoy.

c) Por los argumentos aducidos en las reuniones generales de este Sínodo, todo los padres de este círculo consideran que se deba conservar la ley actual del celibato y rechazar sin ninguna duda el celibato opcional.

Mons. Francisco Hengsbach,
Obispo de Essen, relator del círculo menor de lengua alemana

El ministerio sacerdotal es "ser para Dios"; esta vocación y voluntad debe seguirla el sacerdote sin ningún respeto humano y ser para la Iglesia y para todos, para cuyo servicio necesita estar libre en todo momento.

Ahora bien, el celibato es muy conveniente al sacerdocio. En efecto, el sacerdote se dedica al servicio de la nueva humanidad que Cristo suscita en el mundo por su Espíritu; mediante el celibato por el reino de los cielos realiza en la forma de su vida el seguimiento de Cristo, consagrándose a El más fácilmente con el corazón indiviso de manera total para el servicio del Evangelio. Además, el celibato consiste en un signo del mundo futuro ya presente mediante la fe y la caridad.

No es fácil para la sociedad moderna el acceso al anuncio escatológico de Cristo. La predicación basada sólo sobre las palabras no logra suscitar la fe en la plena realización escatológica. Por eso, en las condiciones actuales conviene que la Iglesia latina llame al ministerio sacerdotal sólo a aquéllos que con su vida célibe constituyen un signo de la esperanza escatológica. Además, el celibato responde al funcionalismo de nuestro tiempo, dado que favorece la disponibilidad del sacerdote para el ejercicio de su ministerio.

Ahora bien, para que el celibato sea un signo auténtico tiene que ser vivido con sencillez evangélica y con generosa entrega de sí mismo. Háganse más idóneas las condiciones y la situación para vivir el celibato a fin de que éste, sea un verdadero testimonio.

Este Sínodo afirma su intención de conservar la ley del celibato en la Iglesia latina por la congruencia que existe entre sacerdocio y celibato.

El parecer de la minoría, con seis votos, suena así: a causa de la gran correspondencia del vínculo que existe entre este ministerio sacerdotal y el celibato, este Sínodo desea que en la Iglesia latina se conserve la regla según la cual la ordenación sacerdotal debe ser conferida sólo a aquéllos que tienen el firme propósito de permanecer célibes.

Mons. Roger Etchegaray,
Arzobispo de Marsella, relator del círculo menor de lengua francesa C

Con relación al celibato sería muy bueno que el Sínodo manifestase su pensamiento sobre las siguientes interrogantes:

a) quede expresado con claridad el valor de la ligazón entre celibato y ministerio apostólico: este nexo, en efecto, aún si no prueba la necesidad, expresa algo más que una simple correspondencia: expresa una "coherencia existencial",

b) ¿está la Iglesia latina firmemente decidida a llamar al ministerio sacerdotal, entre aquellos que no están casados, solamente a quienes elijan para toda la vida el celibato por el reino de Dios?

Mons. Pablo José Schmitt,
Obispo de Metz, relator del círculo menor de lengua francesa C

Conviene reforzar la convicción común del valor del celibato en vista del reino. Esto es responder a la expectativa del pueblo cristiano. También en ello se expresa el Espíritu Santo.

Con este fin se necesita también eliminar las motivaciones imperfectas y poner de relieve las motivaciones verdaderas.

Las motivaciones más profundas del celibato presbiteral residen en el seguimiento de Cristo entendido según el radicalismo del Evangelio.

Jesús pidió a sus Apóstoles "dejarlo todo" por la misión. La vida apostólica implica la exigencia de sacrificar todo por el reino.

La tradición de la Iglesia debe ser entendida a la luz del Espíritu Santo que ha hecho tomar conciencia gradualmente del nexo existencial entre el "discipulado" (el estado de discípulo al cual debe adherirse el presbítero) y el celibato consagrado.

En nuestro mundo particularmente sensible a motivos psicológicos y sociológicos, estos merecen igualmente ser puestos de relieve (publicidad no pagada).

El hecho de que el celibato en la Iglesia latina sea una "ley" irrita a algunos. Es conveniente hacerles notar a ellos la diferencia entre "ley", que es objetiva, y la "elección" que es de orden subjetivo.

"Ley del celibato" quiere decir que en la Iglesia latina el celibato se encuentra también universalmente calificado. La libertad se encuentra en el llamado, el cual puede aceptar o no el estado de vida del ministro, que implica la exigencia del celibato.

Padre Joseph Lecuyer,
Superior general de la Congregación del Espíritu Santo bajo la tutela del Corazón Inmaculado de la Beatísima Virgen, relator del círculo menor de lengua francesa.

A fin de que no sea pura y simplemente afirmada la ley del celibato, el Sínodo deberá indicar las condiciones humanas y eclesiales requeridas para que los sacerdotes puedan vivir serenamente y con alegría una vida célibe. Estas condiciones han sido enumeradas óptimamente por mons. Schmitt en su relación.

Padre Teodoro Van Asten
Superior general de los Misioneros de África, relator di círculo menor de lengua inglesa C

Nuestro círculo pide que en el documento sinodal se expongan las razones bíblicas y teológicas que pongan de relieve el valor positivo y escatológico del celibato. Se debe insistir en la fortaleza de ánimo.

Sean reconocidas también las dificultades y las causas de la actual crisis en materia de celibato. Hay que señalar:

a) el celibato constituye un signo que debe ser puesto en el lugar que le corresponde entre los demás valores evangélicos, entre los que están la pobreza y la humildad;

b) el argumento referente a la mayor disponibilidad del sacerdote célibe no aparece muy convincente ante los muchachos de hoy, los cuales ven cuántas veces en la industria moderna los laicos son trasladados de un sitio a otro;

c) no siempre los presbíteros abandonan su ministerio por contraer matrimonio, sino más bien piensan en el matrimonio después, cuando ya han dejado el ministerio;

d) los verdaderos motivos a favor del celibato son con frecuencia menos "ideales" que las razones aducidas en la relación referente a las cuestiones prácticas.

Prescindiendo de otras causas, parece que la crisis actual sea debida:

a) a una carencia de vida espiritual que se observa en muchos sacerdotes;

b) a la rápida evolución del mundo actual;

c) a la insuficiente formación (porque los sacerdotes no están preparados para afrontar los cambios modernos del mundo);

d) a la desaparición de las defensas tradicionales del celibato.

Padre Eduardo Heston,
Presidente de la Comisión Pontificia para los medios de Comunicación Social, relator del círculo menor de lengua inglesa B

Según el pensamiento de nuestro círculo es absolutamente necesario que sea eliminada toda inseguridad o duda que todavía existe respecto a la confirmación de la tradición del celibato en la Iglesia latina: si efectivamente la trompeta emite un sonido inseguro... El término "celibato opcional" debería ser quitado de nuestro medio porque podría llevar a engaño. Tampoco creemos que es conveniente la expresión "ley del celibato"; el celibato debe ser presentado más bien como una calificación que se supone en aquél que se presenta al obispo para recibir las órdenes en la Iglesia latina. Tal aceptación de parte del candidato confiere a aquella calificación el valor de ofrecimiento público delante de toda la Iglesia, de un verdadero y auténtico sacrificio que, por medio del obispo, lo acepta y lo ratifica la Iglesia. Esta opción positiva del celibato por motivos sobrenaturales difiere del todo de la elección de quien prefiere simplemente la vida célibe a la vida matrimonial.

El círculo ha examinado a continuación la relación entre celibato y ministerio sacerdotal. La conclusión ha sido que ninguna de las consideraciones asumidas individualmente es suficiente para demostrar un nexo necesario, y, mucho menos, sustancial entre la vida célibe y la vida sacerdotal. Sin embargo, se pueden aducir algunas reflexiones que tienen un valor propio para la Iglesia latina, sin ningún prejuicio de aquellas Iglesias orientales en las cuales ha estado en vigencia, y está todavía vigente, una disciplina distinta. Así, por ejemplo, el celibato hace posible una consagración total a Dios y a la expansión de su reino. Y luego, esta consagración total exige un sacrificio total. El celibato es vocación a la consagración total plena a Cristo y a la identificación con él. Aún más, la vocación al celibato es de parte de Dios ejercicio del supremo dominio sobre toda la vida de cada una de sus criaturas, la cual debe luego responder a tal llamada. El celibato permite al sacerdote vivir aquel "despojo" por el cual se hace partícipe del despojo de Cristo mismo, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Se decía además que por el bautismo todos somos hijos de Dios. Y el sacerdote, que acepta el celibato, se muestra tan persuadido de la realidad de tal filiación divina, que está plenamente dispuesto también a cualquier vocación ulterior particular y personal dando así un elocuente testimonio a la anticipación de aquella plenitud de amor que se manifestará en la llegada del reino de Dios. También algunos padres han creído que un argumento a favor del celibato se puede sacar del hecho que los jóvenes de hoy parecen muy proclives a adoptar medios "radicales", como se les llama, para expresar sus propias convicciones. ¿Por qué el sacerdote no podría también él usar un medio "radical" para demostrar su total pertenencia a Dios?

En conclusión, casi es innecesario señalar que ninguna de estas consideraciones tiene algún valor, si no es a la luz de los principios de la fe.

Todos los padres del círculo estaban de acuerdo en decir que el celibato no será en ningún modo suficiente para hacer que el sacerdote sea un hombre más fervoroso o más apostólico. El celibato, al igual que el mismo matrimonio, es entrega verdaderamente positiva y para que alcance sus fines debe, como se dice, "ser vivido" plenamente; es más, debe renovarse cada día. El motivo es del todo esencial y este motivo pertenece a un orden plenamente sobrenatural.

Mons. Juan Fremiot Torres Oliver,
Obispo de Ponce, Relator del círculo menor de lengua española-portuguesa.

El círculo completo se adhiere a todo aquello que ha sido ya dicho en el aula acerca del valor del celibato sacerdotal. A los padres del círculo les han sido presentados dos propuestas para que fueran votadas:

a) ¿Se debe mantener íntegra la disciplina vigente sobre el celibato sacerdotal?
Resultado de la votación: afirmativo unánimemente.

b) ¿Se puede admitir la conveniencia de la ordenación de hombres casados en el momento actual de la Iglesia (se entiende latina)?

Resultado de la votación: trece dieron un voto negativo, dos placet iuxta modum.

Patriarca Ignacio Pedro XVI Batanian,
Patriarca de Cilicia de los Armenios, relator del círculo menor de lengua latina.

A pesar de que desgraciadamente, no faltan defecciones de sacerdotes por la inobservancia del celibato, sin embargo muchísimos sacerdotes no cesan de permanecer fieles al mismo celibato rezando y vigilando para ser gloria de la Iglesia.

En el Sínodo los padres latinos y orientales han reconocido unánimemente el valor del celibato sacerdotal, cuyos bienes espirituales redundantes en el apostolado de la Iglesia son preciosos e inestimables. Por eso, los padres del círculo de lengua latina quieren que la ley del celibato sagrado permanezca íntegra en la Iglesia latina. En cuanto concierne al problema de la ordenación - en determinadas circunstancias - de hombres casados de edad avanzada, los padres de nuestro círculo, exceptuados dos padres orientales, han considerado que eso no sea ni oportuno ni útil, más bien quizá dañino, porque con esta concesión se podría abrir en las actuales circunstancias la vía para la abolición del celibato.

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